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sábado, 26 de noviembre de 2011

A 15 años del último diez



La pelota es su sexto dedo del pie. O quizás una protuberancia, una extensión de su cuerpo que le habla al barro del potrero como si fuera a él mismo. En frente, los conservadores europeos de a uno caen por un rebelde que va viboreando por el billar como si surfeara ante cada una de las patadas que le tiró su infancia, esa señora hostil a la que le cerró la boca con un derechazo elegante cruzado al ángulo.


Ahí va la pelota, redonda y sumisa ante las caricias del amante que mejor la trata, moviéndose invisible ante la voluntad del más creativo de los pinceles, que la respeta y la ama y la cuida y la pisa pidiéndole perdón, y la besa ante cada toque.

Ahí sigue Román, quince años después de su debut en primera, guionando en el césped una película de trapo que siempre tiene final feliz.

La excelencia de su juego es disfrutada por propios y envidiada por ajenos. Sin embargo, Riquelme tal vez constituya el paradigma de la contradicción de nuestro fútbol, y sus críticos, un ejemplo muy cristalino de la colonización que sufrió nuestra cultura futbolera.

Los medios nos invaden la subjetividad con el “profesionalismo europeo”, como si tuviéramos, por eso, que tomarlos a modo de iluministas poseedores de la verdad. Lo foráneo repercute en el fútbol contaminando la esencia del estilo de juego autóctono, ese que reivindicaba al potrero, subvirtiendo los conceptos claves que nos catapultaron a la cima del reconocimiento mundial, que hoy no es más que historia seca posando en los libros.

Es probable que la valoración que un futbolero tenga sobre “El último diez” conforme toda una declaración de la ideología que se profesa sobre el fútbol. Como riquelmeano desde el nacimiento del culto, a veces cuesta entender cómo un argumento en su contra puede ser que “no corre” o que “la pasa para atrás”. El tactisismo defensivo maquillado con “modernidad” (presente en técnicos estructuralistas como Bielsa, Van Gaal, o Mourinho), nos hace deslumbrar la maravilla de la velocidad de Messi o Cristiano Ronaldo, pero no la carencia de jugadores que piensen, que cada vez surgen menos. ¿y porque surgen cada vez menos? El error es de concepto, o de cosmovisión. El fútbol está en la cabeza y no en los pies, por eso Jesse Owens fue un gran atleta y no un jugador de fútbol. En el decurso actual del arte del juego, casi no es necesario que un jugador piense, ya que para eso está el DT, amo y señor de los hilos del destino. El jugador es un mero obediente sin pensamiento propio, y esto se nota en el juego. Las palomas dentro de la jaula, y los rebeldes esperando en el banco o mirando por tevé.

El texto quería ser un homenaje a la magia del 10, pero termina siendo una pseudodefensa a una forma de ver, sentir y vivir el fútbol. La que respeta las formas tanto como a los resultados. La que fomenta las libertades técnicas por sobre los estructuralismos cuasi-focaultianos. La que permite la existencia de Riquelme.

Riquelme como sinónimo del fútbol.

Años después, ya casi en el minuto 90, el pincel está intacto y listo para seguir dibujando asombros en la cara del público que corea su nombre, disfrutando de verlo feliz.

jueves, 27 de octubre de 2011

El restaurador de la militancia

Las banderas estaban arriadas, escondidas en lo más oscuro del pasado, olvidadas forzosamente por los truenos de la muerte, que fueron apagando decenas de miles de dignos ideales. “No voy a dejar las convicciones en la puerta de la Casa Rosada”, fue su primera frase como jefe de estado, que para algunos tuvo una importante carga demagógica, pero para otros fue, por contexto y pasado reciente, un concepto que revitalizó las ganas de creer, de sentir que por una vez alguien iba a poner los ojos en quien más necesitara.


-¿quién es este tuerto, ché? ¿De dónde carajo lo sacaron? ¿Es el títere de Duhalde? Al tipo no lo junaba nadie, salgo alguno que otro, cuando salía segundo (increíble pero real) de Carlos Menem en las presidenciables de 2003. Con la posterior baja del riojano para el balotaje, Néstor Kirchner asumía la presidencia como el político con menor apoyo de la historia (sólo el 22% que lo había elegido en primera vuelta).

Pero los números sólo sirven para marcar un piso, un comienzo. Cuatro años después, el “tuerto” finalizaría su cargo con una imagen positiva superior al 60%, algo impensado en ese incierto y débil 2003. Sin embargo, esto fue el fruto de años de trabajo, mirando siempre a la gente.



Muchas cosas hizo por su país, y si bien la idea es no armar un glosario de gestión, cabe destacar, ahora y siempre, a muchas con alta simbología, como bajar los cuadros de Videla, Massera y todos los represores; pedir perdón en nombre del estado por las atrocidades de una dictadura sangrienta, algo inédito hasta la fecha; anular los indultos y declarar la nulidad de la leyes de obediencia debida y punto final, negociación oscura que llevó a cabo al que, paradójicamente, llaman “el padre de la democracia”.

Hace más de un año nos despertábamos con un escalofrío recorriéndonos el alma. El gran multimedios informaba la noticia con un aire triunfalista pocas veces visto, y de a poco, la plaza de mayo se iba llenando de ecos que se acumulaban de a montones. Justo ahí, en ese lugar al que él logró cambiarle el color, de negro a verde esperanza, verde militancia. Al pueblo el maestro del tiempo le pegaba una pata en el medio del pecho, otra vez con la muerte como lanza inefable.

Por la calle todo era silencio, salvo en algunos barrios pudientes de Capital Federal, tierra de los Piquetes de la abundancia, terruño que odia a los revanchistas montoneros, y a los negritos peronistas del plan y el LCD. Sí, justo esos que se enriquecieron con gobiernos asesinos y devastadores.

Los diarios elucubraban preámbulos de terror ya vistos, demasiado grandes y demasiado viejos para la docil y femenina muñeca de Cristina. Pero los análisis olvidaban un factor clave: el pueblo. Podrá haberse ido un militante, uno muy importante, pero Néstor está acá, estuvo el domingo en la plaza. Late en el corazón de cada pibe que apoya un modelo que reivindica al pueblo y a la sociedad, que hoy se siente parte.

Se cumple un año de la partida del mejor cuadro político desde el regreso de la democracia, y tal vez de uno de los mejores de la historia argentina. Que sumó adeptos en igual proporción que detractores, pero que será recordado por algo clave: ser el restaurador de la militancia, que siempre defendió y reivindicó como mkétodo necesario para exponer una ideología, y pelear contra las injusticias para lograr mejoras en e,l pueblo. Se cumple un año justo cuando ayer los genocidas finalmente observan la justicia y la memoria de una sociedad que luchó mucho por ponerlos allí, en el banquillo de los acusados, donde ya no sólo se sienta la gente común, sino todos los impunes del pasado. Allí lo ven sentado, junto a esas madres y abuelas que son pura lucha y puro pañuelo, y que entienden que el gran responsable de ese momento tal vez sea él.

A un año, hoy, las banderas están más altas que nunca, mirando al cielo en un sueño que vive todos los días.





Alexander J. Algieri

martes, 25 de octubre de 2011

Los hombres libres de Kiev; la vida por el fútbol

“El hombre nace libre, responsable y sin excusas”. Jean Paul Sartre



“Es más fácil apoderarse del comandante en jefe de un ejército que despojar a un miserable de su libertad”. Confucio.



“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra.



El debate sobre la libertad se instaló, en los últimos años, en la gran mayoría de las discusiones que conforman sobremesas y charlas inagotables, donde los pocillos de café son los barcos vacíos de un puerto del que nadie huye. No obstante, el concepto devino en una expresión banal por intención nada ingenua de los medios de comunicación, que quieren disfrazar el negocio inescrupuloso en prensa libre.

La libertad, como elemento fundacional del hombre, sobresale a cualquier nimiedad usurera: es el primer matiz que filtra nuestras decisiones, que tomamos como hombres libres, independientemente de su consecuencia. La libertad misma puede conducirnos por un camino que puede finalizar en cualquier destino, incluso la muerte. Pero, ¿hasta dónde está bien tener pasión por la vida, si esto puede llevarnos a perder la misma? O ¿hasta dónde es correcto cubrirse en la comodidad burguesa, si para eso tenemos que apagar día a día los sueños? La historia que sigue es una de las tantas decisiones que el hombre tomó en su carácter de ser libre: la historia del FC Start. Una forma de gritarle al mundo cuál es la raíz del alma, y cual es la causa de nuestro paso efímero por la tierra.



La Unión Soviética promovía la práctica del deporte, como método para exponer en el mundo sus valores sociales y culturales. El fútbol, subvencionado por el estado, era de lo más popular, sobre todo en Ucrania, donde era dueño del fanatismo de todos los habitantes Allí estaban los equipos más poderosos de la región, entre ellos del Dynamo, creado de la unión entre la policía y el ejército rojo.

El humo de las metalurgias de Kiev (una de las ciudades más importantes de la URSS, favorecida por el proceso de industrialización ruso) fue llevando de lado a lado el hedor de la sangre y el miedo que llegó 13 de Septiembre de 1941, cuando la invasión alemana  llegó a la ciudad. Alrededor de 670 mil soldados conformaron la contraofensiva local. Entre ellos estaban varios jugadores de la liga local, incluidos algunos jugadores del Dynamo, como su arquero Nikolai Trusevich.

Como sucedió con varias de sus vecinas de Europa del Este, todas las libertades fueron suprimidas ipso facto, y la ciudad se convirtió en el principal albergue de prisioneros, que eran tirados en la calle, a veces confundiéndose con la podredumbre de los cadáveres olvidados…fantasmas del terror


Kordik y los sueños de panadería.



A Josef Kordik el presente no le resultaba tan hóstil como al resto de sus conciudadanos: por haber peleado para los alemanes no era perseguido por el ejercito nazi, y además podía trabajar tranquilo en su panadería, la estatal Nª3 de la ciudad. Por las noches apoyaba su cabeza en la almohada, y entre los llantos de los agobiados, le molestaba el ruido de una ausencia: la del fútbol, paralizado tras la anexión. En una de sus tantas caminatas por las ruinas de las calles de Kiev, Kordik encuentra, para su sorpresa, a uno de sus ídolos: Trusevich. Para rescatarlo del abismo, le ofrece trabajo en su panadería, poniendo en la balanza los riesgos de proteger a un soviético contra el fanatismo de tener a uno de sus ídolos viviendo en su casa. Además del cobijo, Kordik le propone Trusevich que busque al resto de sus compañeros del dynamo, para refugiarlos también. El portero encontró a varios de ellos, y a tres rivales del Lokomotiv, a los que también llevó a la panadería. En un abrir y cerrar de ojos, Kordik tenía en su casa a un equipo de fútbol entero.

Los días comenzaron a hacerse más espesos, entre la paranoia por no ser descubierto, y el clima social caldeado por los espasmos de la resistencia soviética, cada vez más asiduos. Para aminalar un poco el caldo del desasosiego, el régimen del reich decidió reestablecer los eventos deportivos, incluida la reestructuración del fútbol. Enterados de la noticia, todos coincidieron: volver a jugar como método para volver a ser seres libres. Recuperar en un campo de juego la dignidad del pueblo, arrebatada entre los fusiles de Hitler y la impericia de Stalin, y el único rincón de la historia que les quedaba intacto. Así nació el FC START.





Los rumores del FC START









Pese al hambre y a las muy precarias condiciones de vida, el Start comenzó con un buen aire: en el primer partido de la liga, regida por Georgi Shvetsov, el 7 de Junio de 1942, venció 7-2 al Rukh. Días después, el 21, derrotó 6-2 a una guarnición militar húngara, y posteriomente, el 5 de julio, le hizo 11 a un combinado rumano. Las victorias se acumulaban, y los rumores sobre un equipo que podía con los nazis se esparcían por la tan apaleada sociedad ucraniana, así como también se acumulaban los resquemores alemanes y la llamada de alerta que este equipo de desgarbados generaba.

El equipo lo integraban:



• Georgy Timofeyev

• Nikolai Trusevich

• Ivan Kuzmenko

• Pavel Komarov

• Alexei Klimenko

• Nikolai Korotkykh

• Vasily Sukharev

• Feodor Tyutchev

• Makar Goncharenko

• Mikhail Putisin

• Milkhail Mielnizhuk

• Mikhail Sviridovskiy



Los alarmados generales nazis convocaban a los equipos más renombrados del Reich para que “aleccione” al Start, pero no había caso: un doblete ante el poderoso MSG húngaro (5-1 el 19 de julio, y 3-2 pasados dos días) colmó la paciencia de todos los soldados alemanes, que llamaron al conjunto más importante del régimen: Flakelf, que no sólo era un bastión propagandístico para Hitler sino que también tuvo fama de gran equipo. Estaba netamente integrado por miembros de la Luftwaffe (fuerza aérea nazi), que ostentaba su carátula de “supremacía bélica”. Pero esta última terminó sin ser tal: 5-1 ganó el Start, para sorpresa de todos, en ese 6 de Agosto en el que los soldados se fueron enmudecidos al bunker.

Habría revancha (casi obligada), que se haría tres días después.



El partido de la muerte



“El fútbol es el reino de la lealtad humana ejercido al aire libre”- Antonio Gramsci.



“Deben comprender las consecuencias de sus actos. Si ganan, no queda nadie vivo”. Así los recibió el oficial de las SS, que ese día hizo las veces de árbitro. La consigna era clara: arrodillarse o terminar en un pozo. La decisión parecería difícil para cualquier humano, pero no para ellos. El hombre puede verse encerrado en miles de encrucijadas, donde tenga que poner en juego valores, ideologías o incluso la vida misma. Puede estar al fondo del abismo, pero nunca perder su libertad. Así pensaron los ucranianos antes de salir al campo de juego. Pensaron en su pueblo, invadido, violado y castigado; en su familia, números inciertos de un campo de concentración oscuro y de terror; en la gente en las tribunas, en ellos mismos… todo eso pudo más que las ganas de salvar su vida y no salir a la cancha a ganar el segundo duelo.

La orden de dirigirse a las autoridades en el palco con el saludo nazi fue totalmente desobedecida, y mientras el Flakelf levantaba en su totalidad la mano, el Start gritaba: ¡Fizculthura (cultura física)! Grito típico en los eventos deportivos soviéticos. Como otra reivindicación al origen. El partido terminó a favor del Start, por 5-3. El estadio se derrumbaba por los gritos de furia de los asistentes, más aún cuando uno de los delanteros del Start, Alexei Klimenko, luego de quedar mano a mano con el arquero rival y gambetearlo para marcar el sexto gol, se da vuelta y tira un pelotazo hacia la mitad de cancha en claro gesto de supremacía y desprecio. El árbitro tuvo que suspender el partido. Durante el partido, los rumores se esparcían por toda la ciudad: once compatriotas estaban humillando a los nazis. Esto les permitió a los ganadores regresar a la panadería. Pero el escondite ya había sido develado…

 
Final del juego

Menos de una semana después, el Start le vuelve a ganar a su primer rival, esta vez por 8-0. Ese sería su último juego. Pasados algunos días, miembros de la Gestapo llegaron a la panadería y comenzó lo peor. Los jugadores fueron acusados de ser infiltrados de la NKVD. Korotkykh fue el primero en morir, allí mismo, torturado. Los demás fueron mandados a campos de concentración, en Siretz. Allí asesinaron a Klimenko, Kuzmenko y Trusevich, que murió con su camiseta puesta, gritando: “el deporte rojo jamás morirá”. Sólo se salvaron Goncharenko Tyutchev y Mikhail Sviridovskiy, que ese día no estuvieron en la panadería. Se salvaron de milagro, y tuvieron que esconderse hasta luego de la recuperación rusa, en la que fueron acusados de traición por dirigentes stalinistas. Se salvaron a costa de mantener en secreto la historia, que luego fue confirmada desde diferentes lugares.

Antes de morir, en 1996, Goncharenko, en un reportaje con Andy Douugan, autor del libro “Defendiendo el honor de Kiev”, reconoció: “mis amigos no murieron por se grandes jugadores, murieron como tantos otros porque dos regímenes totalitarios se enfrentaron. Estábamos condenados a ser víctimas de una masacre a gran escala”…




Esta historia es una de las tantas que tiene el fútbol, en la que se puede alcanzar el poder del mensaje social que tiene el deporte, en el que todo el tiempo se ponen en juego los valores, las formas de vida y la ideología. Negar esto es despreciar parte de la cultura y de la historia de la sociedad, de la que el fútbol es en parte creador, al menos en un país como el nuestro.

Uno vive siempre en libertad, y así muere. En algunas veces encontrará situaciones en las que se le intente suprimir esa condición, y de esa encrucijada sólo uno mismo sale, sin importar las consecuencias. Aunque, vivir sin libertad, es tal vez no haber vivido nunca.



Alexander J. Algieri





lunes, 26 de julio de 2010

Y ahora... ¿Qué?

“Los fenómenos solucionan problemas complejos desde el instinto. Y eso, en el fútbol, especialmente con jugadores del nivel de Maradona o Romario, se da con frecuencia. Son tan originales que es difícil que puedan explicar qué es y cómo hacen lo que hacen”, Jorge Valdano.





Cómo Alí, como Rocky Marciano, grandes nockeadores de la historia, ese trompazo alemán destruyó el camino derecho hacia el sueño, que cada vez se hace más sueño. Inesperado, como siempre. Rompiendo los esquemas para contar hasta 10, para dejar a millones con nada en las manos.

No estaba en los planes de nadie, ni siquiera de la lógica, ese 0-4 ante Alemania. Sin embargo, ese fue el disparador que desnudó las mil diferencias. Insalvables, por egos. Innegociables, por carteles y divismos.

Lo único que le quedaba al Dios del pueblo era caer ante sí mismo. Ni el destino ni el cielo blanqueo con quien tanto coqueteó pudieron robarle la gloria que le impregnó el estigma de maestro supremo. Sólo él fue capaz de eclipsar esa imagen eterna con un pincel que dejó garabatear algún que otro tropiezo, aunque uno más fuerte que el otro.

Lo cierto, es que no va más. Y no queda más que una incertidumbre por esa autocrítica, tan necesario, que nunca llegó; no queda más que esa inconstante autoestima, que repartió odios y dividió aguas cuando tal vez se necesitaba mesura; no queda más que esa confusión que pareciera ser lo único que no pudo gambetear.

La realidad es que el ciclo se cumplió, con un saldo más que negativo: desde los resultados, menores a lo esperado, y desde la ilusión, que otra vez se queda llorando impotente ante las puertas del paraíso. Impensado en ese arranque prometedor 4-0 ante Venezuela, por Eliminatorias; no tan lejano, tras esa clasificación a los tumbos, y esa demostración de que lo solamente claro era el poder indiscutible de su nombre.

Peleas, más peleas, con la prensa, con Riquelme y consigo mismo, y un record que marca que “la era Maradona” fue la más corta desde el mandato de Julio Grondona en AFA: tan sólo un año, siete meses y 12 días.

Porque la numerología es una estadística que no siempre tiene el guiño de la gloria, porque los mitos a veces no se cumplen. Pero Maradona será siempre Diego, el dios, el amo y señor del fútbol, pero aunque duela, habrá que pensar que la comunión con la magnificencia futbolera es un hechizo que se termina cuando se cruza para siempre la línea de cal.





Alexander J. Algieri

viernes, 4 de junio de 2010

El éxito y el mensaje

Alguna vez escuché por ahí que la historia cuenta sólo una verdad, según afirma el que la escribió. Muchas veces no nos tomamos el trabajo de entender a la historia y su contexto, y sobre ese manto de ojos cerrados es que después pasan las cosas que tanto nos duele recordar.


La sociedad actual, tan individualista, tan llena de ignorancia, tiene asimilada como verdad absoluta que sólo el éxito es triunfo, como si sólo aprendiéramos cuando el destino nos regala un segundo en la estrella más alta del cielo. Serán conceptos que suenan similares, pero no son lo mismo.

Nuestro fútbol, que esa una gran porción en la torta de nuestra historia, nos va desperdigando a través del pasado mensajes ocultos y enseñanzas perpetuas, contrarias a esta nueva teoría exitista, siniestra, Macquiavelica, que implora que para hablar sólo sirve ganar.

Hay detalles, simples (o no), que nos dejan ver que en algún momento en nuestra sociedad los principios florecían en cada esquina. Uno de ellos, no tan recordado, le pertenece a Gimnasia y Esgrima La Plata. Se disputaba el Campeonato de 1933, todavía en el amanecer del profesionalismo, y Gimnasia llevaba a su “expreso” a lo más alto de la tabla. Los platenses habían terminado primeros en la rueda inicial, y su regular rendimiento, sumado a los altibajos en los equipos grandes, lo hacía encaminar hacia el título. Pero una mano oscura se metió entre el sueño y la realidad. ´

Los arbitrajes en contra del “Lobo” fueron más que controvertidos, a punto que rozaron lo evidente. En la fecha 25, Gimnasia, que iba primero, se enfrentaba a Boca para seguir con su camino plagado de éxitos. El partido parecía un trámite para el puntero, pero De Dominicis, árbitro del partido, ayudo a los xeneizes a llevarse el partido al cobrarle un penal inexistente y un gol en claro offside. Fue victoria para Boca, por 3-2.



Pero el gran partido fue el de la fecha 28, contra San Lorenzo, que peleaba el campeonato desde atrás (1 punto por debajo). El primer tiempo finalizó sin goles, pero en la segunda etapa comenzaría la locura. Primero, el “referí” Rojo MIró no le cobro al líder un foul en el medio del área, sancionando entonces tiro libre fuera de ella; luego, sanciona gol a un remate que el arquero Herrera deteniene, aduciendo que la pelota entró en el arco. En ese momento, los jugadores de Gimnasia, en señal de protesta, desistieron de jugar el partido y decidieron sentarse en el césped, rehusándose a jugar. San Lorenzo marcó cinco goles, y como su rival no respondía, el árbitro decidió suspender el partido.

El hecho fue catalogado de “simpático”, pero fue una gran demostración de principios y rebeldía ante el sistema, que ya empezaba a incubar las sospechas tejidas sobre el manto negro que impone (o debería imponer) justicia.

Gimansia perdió el partido por goleada. Perdió el campeonato, pero nunca perdió el orgullo, porque lo importante no era (no es) ofrendarle una copa al cielo del exitismo, ni empacharse en una gloria vacía y virgen, y dejar en blanco el mensaje, que siempre es más importante que el éxito.



                                                                         Alexander J. Algieri

sábado, 29 de mayo de 2010

Sudáfrica: del Apartheid a Habana






Es que cuando el destino se encapricha, no hay vuelta que darle…


En ocasiones sentimos cómo éste no tira el pasado por la cabeza, a veces en una alarma que rompe el silencio de los años oscuros de olvido, otras en una señal de que se puede aprender mucho de aquello que preferimos ocultar a ultranza.

Como en toda actividad social, en el deporte también se vislumbra este aprendizaje del hombre con su historia, así como también de los cambios de mentalidad de una sociedad a través de los procesos evolutivos (o involutivos) que tiene cada pedazo de tiempo. Un caso particular es el Rugby, deporte elitista y segmentario desde su génesis, con origen en las grandes familias británicas que dejaban al fútbol como diversión para los que podían ostentar no más que una ilusión. Pilar de muchas historias siniestras, el rugby sudafricano es, sin dudas, el caso más fiel para analizar la evolución (si bien leve) que tuvo esa comunidad colonizada.

Probablemente la gloria reciente en el país de Mandela radique en los vuelos de tornado de Brian Habana, uno de los mejores jugadores de la historia del rugby en ese país. Hoy, las calles de Johannesburgo se ven inundadas, gracias al marketing, por la imagen de este descendiente del viento. Desde luego, muchos chicos hoy juegan a ser Habana, en las calles de la ciudad o en los sueños del descanso, sin saber que hay una historia detrás, llena de terror, muerte y discriminación, que se llamó Apartheid (ver: el último try al apartheid, en este blog).

De chico, Brian pateaba las tapitas que picaban por las calles de Benoni, su ciudad natal, imaginándose Beckham o Cantona. Su sueño siempre fue jugar en el Manchester United. Pero todo cambio cuando su padre lo llevó a ver la final del Mundial de rugby de 1995, esa final que ganó el país anfitrión, su país; esa final que marcó la reconciliación de todo un pueblo con su pasado sombrío. Ese día Bryan sintió que algo había cambiado en su destino.



Si bien siempre se destacó por su velocidad (tiene un record de 10.2 segundos en los 100 metros), la sombra del Apartheid fue una mochila que le hizo el camino más difícil: en 1998, seis años antes de su debut en la primera de los Blue Bulls, de 120 jugadores fichados para el Super 14, sólo 4 eran negros. Extraño para una tierra poblada por mayoría negra. Lógico, en una nación donde la discriminación gobernaba por decreto y la piel dividía la ciudad en dos.

Su debut en la selección mayor le llegó muy pronto: fue el 20 de noviembre de 2004, contra Inglaterra, en Twickenham. Fueron sólo tres minutos los que tuvo en cancha, pero bastaron para demostrar que era diferente. Acumuló éxitos y asombros ajenos, hasta convertirse en el segundo jugador con más tries en la historia del rugby sudafricano, maximizando su estigma al conseguir el mundial del 2007, en el que igualó la marca de Jonack Lomu, con ocho tries. Toda la gloria en un solo nombre…



La era “Habana” pareciera ser algo más que un éxito deportivo. Hoy un nombre es sinónimo de victorias y orgullos, de presente y futuro, pero también de pasado. Un pasado que pareciera estar finalmente superado, enterrado en el repudio de una sociedad que entendió cómo era el cuento, el cuento que nos iguala a todos como hermanos, y no nos segrega en diferencias superficiales. Habana es el grito en el cielo de la justicia eterna, tardía, pero eterna.

Hoy ese pibe negro que camina las calles sin zapatillas, mira los carteles que inundan la ciudad con la cara de Habana y sonríe, como sintiéndose parte del suelo que pisa.

Es que cuando el destino se encapricha, no hay vuelta que darle…



Alexander J. Algieri

sábado, 22 de mayo de 2010

Juan Gálvez: el aire porteño de la victoria indiscutible




Su nombre completo es sinónimo perfecto de TC. Por sus logros, su historia, su personalidad dentro de las carreteras y el respeto de sus rivales, Juan Gálvez emerge como uno de los principales exponentes de la máxima categoría del automovilismo argentino.


Sus 57 triunfos en el TC, sus nueve campeonatos ( logrados en 1949, 1950, 1951, 1952, 1955, 1956, 1957, 1958 y 1960) y sus cuatro subcampeonatos ( en 1951, 1953, 1954 y 1959), obtenidos todos al comando de un Ford, posicionan al menor de los hermanos Gálvez como el más ganar de la historia del TC.

Hijo de María Rafaela Orlando y Marcelino Gálvez, hermano de Oscar “el aguilucho”, Juan Gálvez nació en Capital Federal el 14 de febrero de 1916, y comenzó a alimentarse con la pasión desde sus comienzos, cuando pasaba las horas con su hermano en el taller de su padre. Luego abrirían con Oscar su propio taller, en San Martin y Galicia.

Juan Gálvez debutó en las pistas como acompañante de su inseparable hermano Oscar en las Mil Millas de 1937 y como piloto de Turismo Carretera lo hizo el 14 de diciembre 1941 cuando llegó segundo, en las Mil Millas de Avellaneda Automóvil Club, aunque logró adjudicarse la segunda etapa de dicha competición, que ganó Juan Manuel Fangio. Con el correr de los años protagonizaría uno de los grandes clásicos dentro del automovilismo argentino: Ford vs Chevrolet, los Gálvez vs Fangio.

Pero para obtener su primera victoria, Juan debería esperar un tiempo, específicamente hasta el 22 de Febrero de 1949, cuando se coronó en la Vuelta de Santa Fe. Hay que destacar que entre 1942 y 1947 el automovilismo tuvo un impasse debido a la Segunda Guerra Mundial. Ese primer logro sería la piedra fundacional de una carrera fabulosa a bordo de su confiable cupe Ford pintada de azul.

Conductor meticuloso, sobrio y paciente. Conocedor de su auto, fue uno de los pioneros del rubro piloto-mecánico, en épocas en los que la tecnología se traducía en rudimentarias herramientas y el cerebro y la inteligencia eran fundamentales. Hombre de bajo perfil, que hablaba lo necesario y tenía la desenvoltura mediática de su hermano, Juan era efectista y no dejaba arista sin analizar ni pensar.

Pero su carrera dorada no hubiera sido la misma sin sus copilotos. Augusto López fue el primero, luego siguieron: José Basanta (en 1947), su hermano Roberto Gálvez (en dos etapas: En 1947 y del ‘49 al ‘52), Desiderio Ávila (en 1948), Juan Carlos Perna (en el período del 52 al 58) y Raúl Cottet (del ‘58 al ‘63).

Sin embargo, su inventario también expone sus cinco victorias en Grandes Premios de la República Argentina, estas fueron en 1949, 1950, 1951, 1956 y 1958.

Por otra parte, Las competencias que ganó más veces fueron la Mar y Sierras en seis ocasiones; el Gran Premio de la República Argentina en cinco oportunidades; las Vueltas de Santa Fe, de Rojas y las Mil Millas Mercedinas en tres.

Finalmente, Juan Gálvez, al mando de la "cupecita" azul con techo rojo, venció dos veces en las Vueltas de La Pampa, Hughes, Tres Arroyos y en el circuito La Tablada, respectivamente.

En 1962, logró su último triunfo con su Ford (que en alguna etapa superara los 185 Km/h), en Laboulaye, antes de su fatal accidente.



La muerte en pista: el adiós a un ídolo



Tal vez por algún paradigma de lo incierto, que permite no dar por muerta ninguna alternativa, Juan Gálvez moriría corriendo, entre la adrenalina de la velocidad, el ruido a caballos metálicos y el olor a automovilismo. Muchos creen que a las muertes de Juan y Oscar Gálvez el destino las colocó al revez, ya que Oscar, el más desfachatado, murió en la tristeza del silencio y la soledad.

El accidente que provocó la muerte de Juan fue en el curso del tercer giro de la décima Vuelta de Olavarría, el 3 de marzo de 1963. Corriendo sin cinturón de seguridad, se accidentó chocando contra un montículo de tierra en la ese del Camino de los Chilenos, golpeó con la cabeza en el techo y se fracturó una vértebra cervical. Falleció instantáneamente. El país decía adiós a un ídolo. Son varios los que dicen que Oscar Gálvez, su hermano, le había dicho días antes de la carrera: "No vayas Juan, es sumamente riesgoso. En Olavarría me tiraron piedras a mí... no vayas".

Dicen que Cottet, su fiel ladero, quiso quedarse cuidando al Ford número 5 azul con techo rojo aún agitado por el vuelco producido a las 12.38, mientras un avión Cessna 182 en el que se encontraba el periodista Julio Ricardo descendía y se llevaba al ídolo al hospital local, desde donde enseguida llegaría la noticia letal. Don Isidro González Longhi, quien también había bajado desde el móvil aéreo de “Carburando”, comentó luego que el impacto había sido tan seco que el desenlace era fácil de prever. Muchos recordaron que Oscar también solía pedirle que no dejara de usar el cinturón de seguridad, algo que desistió de hacer desde que vio quemarse a un colega. Cinco tumbos después de no poder poner la segunda por un bronce del sincronizado de la caja modificada que se rompió y el auto que se desvaneció en tercera hasta despedirlos.
En el ámbito deportivo y de resultado, sería una necedad no reconocer los logros de Juan Gálvez: el record de campeonatos, el record de carreras, su maestría para conducir. Es indudable que junto a su hermano Oscar han dominado la década del `50 y parte de la del `60, y que han marcado un hito en el automovilismo nacional.


Pero el menor de los Gálvez es, tal vez, un ídolo olvidado. Tal vez por haber vivido opacado por la desfachatez mediática de su hermano Oscar, del cual lleva su nombre el autódromo más significativo del país. O quizá por su poca ductilidad a la hora de enfrentar las chicanas de la prensa. Reconocimientos olvidados al margen, lo cierto es que los logros de este piloto-mecánico-preparador no se han podido quebrar, ni aún después de 44 años de ausencia. Salvando distancias y laureles ( y las marcas), Guillermo Ortelli es quien más se asemeja, de los pilotos actuales, a Juan Gálvez: mezcla de perfil bajo con soberbia inteligencia para el manejo; seriedad en lo personal con la tranquilidad de la sapiencia al servicio del triunfo. Juan Gálvez, un grande con poca retribución. Un astro del volante que brindó mucho al deporte, pero a quien el deporte aún no reconoce como se debe.


Historial de victorias de Juan Gálvez


· I Vuelta de Santa Fe, 1949-

· III Mar y Sierras, 1949-

· I Vuelta de La Pampa, 1949-

· Vuelta de Entre Ríos, 1949-

· XXVIII Gran Premio, 1949-

· VII Mil Millas Argentinas, 1950-

· IV Mar y Sierras, 1950

· II Viña y Sierras, 1950

· XXIX Gran Premio, 1950

· Circuito La Tablada, Córdoba, 1951

· III Vuelta de Rojas, 1951

· XXX Gran Premio, 1951

· IX Mil Millas Argentinas, 1951

· Circuito La Tablada, Córdoba, 1952

· VI Mar y Sierras, 1952

· IV Viña y Sierras, 1952

· Club de Aprendices Casildenses, 1952

· III Vuelta de Tandil, 1952

· Inauguración Autódromo Mendoza, 1953

· V Viña y Sierras, 1953

· Premio Ciudad de Rafaela, 1953

· Autódromo Municipal, 1953

· IV Vuelta de Rojas, 1953

· II Premio Primavera, 1953

· Vuelta al Valle del Chubut, 1953

· II Vuelta de Olavarría, 1954

· VI Vuelta de Santa Fe, 1954

· Asociación Argentina de Volantes, 1954

· V Vuelta de Rojas, 1954

· IV Premio Ciudad de Rafaela, 1955

· XI Mil Millas Argentinas, 1955

· V Premio Ciudad de Tres Arroyos, 1955

· IV 500 Millas Mercedinas, 1955

· Gran Premio Ricardo Risatti, 1956

· XXXIV Gran Premio, 1956

· IX Vuelta de Santa Fe, 1957

· IX Mar y Sierras, 1957

· Vuelta de Río Cuarto, 1957

· VIII Volta da Pedra Redonda, Brasil, 1957

· I Vuelta de Hughes, 1957

· VII Vuelta de Tres Arroyos, 1957

· VI 500 Millas Mercedinas, 1957

· X Vuelta de Santa Fe, 1958

· X Mar y Sierras, 1958

· II Vuelta del Oeste, 1958

· XXXVI Gran Premio, 1958

· II Vuelta de Córdoba, Carlos Paz, 1959

· I Vuelta de 9 de Julio, 1959

· XII Mar y Sierras, 1960

· VI Vuelta de la Pampa, 1960

· II Vuelta de Arrecifes, 1960

· VI Vuelta de Rojas, 1960

· IV Vuelta de Hughes, 1960

· XII Mil Millas Argentinas, 1960

· VIII 500 Millas Mercedinas, 1960

· III Vuelta de Pehuajó, 1960

· IV Vuelta de Laboulaye, 1962

                                                        Alexander J. Algieri

martes, 11 de mayo de 2010

Matthias Sindelar: el hombre de papel que se rió de Hitler

Probablemente haya estado en su casa cuando el estruendo de esa noticia se le metió de lleno en los oídos. Sabía que lo que escuchaba en la radio era el sonido de una puerta (o más de una) que se empezaba a cerrar. Es que aún le quedaban algunos años de magia para seguir con su sueño, pero cuando cumplir un sueño es traicionar una convicción, entonces deja ser tal.


Sabía Matthias Sindelar que la noticia del Anschluss, la anexión (invasión) nazi a Austria, oficializada el 12 de marzo de 1938, era una granada insertada en su vida plagada de fútbol: era cuestión de tiempo para que explote y lo deje sin nada. Considerado el mejor futbolista austríaco de todos los tiempos, y entre los 20 mejores de la historia del fútbol, Sindelar supo desde que nació (8 de febrero de 1903, en Kozlov) que la pelota dibujaría su destino.

Desde que era un infante deslumbraba a todo Viena, ciudad en la que su familia se radicó y en la que apostó por un buen futuro, con su magia y su frágil físico: alto, flaco y escurridizo, se ganó el apodo de Papierene (hombre de papel) en las calles donde los sueños y las inocencias correteaban detrás de un balón.

Ya a los 15 fichó para el Hertha Vienna, donde jugó hasta 1924. Luego, fue transferido al FK Austria Vienna (Wiener Amateur-SV, en ese entonces), el equipo de la comunidad judía, de la que él formaba parte. Allí, se hizo ícono y emblema: jugó 700 partidos, marcó 600 goles (pese a sentirse más un organizador que un definidor), y ganó las Copas de Liga de 1925, 1926, 1933, 1935 y 1936, así como también el título de liga de 1926 y la Copa Mitropa de 1933 y 1939, considerada la primera competición internacional de clubes.



El equipo maravilla



Los años en los que era admirado por ser el Mozart del fútbol, en los que era la pieza clave del Wunderteam, tal y como se conocía a la Selección austríaca de fútbol, para muchos el mejor equipo del mundo en los años 30, década que cerró con un record de 50 victorias y 4 derrotas. Ese equipo era dirigido por Hugo Meisl, y en los 11 años que jugó, desde 1926 (año en el que debutó en la victoria 2-1 ante Yugoslavia, en la que anotó un gol) hasta 1937, Sindelar jugó 44 partidos con 27 tantos marcadas.

Con el hombre de papel como bandera, Austria fue al mundial de 1934, en Italia, a demostrarle al mundo su condición de gran equipo. La ilusión no había aportado billetes cuatro años atrás, por eso aún no habían debutado en mundiales. Eran los máximos candidatos a ganar la competición, pero la política metió mano para derrocar el sueño. Es que ese era el mundial de la Italia de Benito Mussolini. Debía serlo. “Il ducce” había obtenido la sede para la organización del segundo campeonato mundial, para utilizar al deporte, como muchos hicieron, como plataforma que sirva a fin de maquillar el autoritarismo y la tiranía de su régimen con la bandera igualitaria del deporte, para alzar desde un éxito deportivo la inteligible legitimidad de su temida soberanía. Lo cierto es que la maravilla y el anfitrión se cruzaron en semifinales, y protagonizaron uno de los partidos más polémicos en la historia de los mundiales. Fue victoria 1-0 para Italia, con gol del argentino Guaita, pero Sindelar y compañía sabían que ese partido lo habían ganado. Anotaron dos goles, que no fueron cobrados por supuestos offside, mal sancionados, claro está. Es que los ojos se cierran cuando las valijas extorsionan los miedos y abultan los bolsillos. La vuelta a Austria fue entre decepciones y lamentos, y la medalla de plata que dos años después consiguieran en los JJ.OO de Berlín, no causó el suficiente alivio para tanta decepción.



El mundial que no llegó…El partido de la rebelión



“Ganar un partido de fútbol es más importante para la gente que capturar una ciudad del Este”, solía decir Joseph Goebbels, Ministro de propaganda nazi. Adolf Hitler odiaba el fútbol, pero no era reticente a sacarle el jugo a tan alienadora pasión. Por eso había organizado los Juegos de Berlín, en 1936, para taparle al mundo la realidad de esa silenciosa y silenciada Alemania.

La Copa del Mundo de 1938, en Francia, parecía una gran oportunidad para mostrarle al mundo la potencia de la raza alemana. En ese entonces, el seleccionado alemán de fútbol era de lo más discreto del continente, sin jugadores de brillo y sin grandes actuaciones. Pero el anschluss le abriría los ojos a Seep Herberger, DT de la selección: convocar a los jugadores austríacos para formar parte del conjunto alemán. La presencia de Sindelar era por demás requerida. Él lo sabía.

El imperio nazi había anexado Austria, denominándola Provincia de Ostmark. A modo de “homenaje”, se decidió jugar un partido despedida, que enfrentaría al seleccionado del ex país con su conquistador. De a poco, varias piezas del Wunderteam fueron “convencidas” para formar parte del conjunto teutón. Pero faltaba la pieza más importante: Sindelar. Luego de varias gambetas y excusas, Matthias jugó ese partido… para Austria. Lo cierto es que el 3 de abril de 1938 Sindelar le bailó su mejor tema a su más odiado público: con el mismísimo Hitler en el palco oficial, Matthias gritó con fútbol que era libre, jugando su mejor partido.

La orden del día era clara, debía ganar Alemania… pero el honor gritó más fuerte que el miedo. Papierene gambeteó alemanes como si fueran postes, una y otra vez, hasta que se cansó. Ahí fue cuando se terminó el partido. Fue 2-0, con un gol de él. Fue baile, pero no sólo dentro del césped: en los festejos de los goles, Sinderlar se paró ante el palco oficial y se puso a bailar un vals. Un baile en todos los sentidos, un río de humillación inundando el orgullo de Hitler y de todo aquel que se considerara nazi.

Pero el cielo esporádico al que se había subido Sindelar tras su rebelión, era una puerta abierta al infierno agobiante de la persecución. Fue considerado espía y traidor a la patria, e ingresó en la lista negra del Führer; fueron agobiadas sus libertades; de a poco se fue signando su final. Los postes de luz prometían una gran recompensa a quien lo delatara. Matthias y su mujer no podían salir a la calle. Además, su condición de judíos duplicaba el terror que en ellos merodeaba, como un fantasma que de a poco se iba haciendo más tangible. Todo hubiera acabado si el crack austríaco se hubiera puesto la camiseta alemana, pero hay veces en las que alma cierra los ojos y se deja llevar por lo que siente sin medir consecuencias.

Diez meses después de su partido más importante, Sindelar y su esposa le decían adiós al terror de su realidad: la policía los encontró muertos en su casa de Viena. Estaban acostados en su cama, parecían dormidos, tranquilos, como si la muerte fuera un manto que apagara los páncicos que rebotaban en sus vidas. “Estaba rota la llave de gas, que permaneció abierto”, informó el peritaje, elevando la teoría del suicidio. Una cortina de dudas tapó lo que realmente ocurrió. Aunque hubiera sido un autoatentado, quien lleva a un hombre a esa situación es igual de asesino que quien aprieta un gatillo.

Los años y sus circunstancias fueron pasando, pero el eco de esa convicción es el espejo para muchos que pelean sin rendirse, sin una voz que grite por ellos para darlos a conocer. En un mundo en el que el hombre es lo que tiene, y no lo que es; en el que los sueños se hipotecan y traicionan todo el tiempo, un hombre demostró, en el silencio hostil de una cancha, que la historia y las creencias son incorruptibles, como el espíritu, que no se traiciona a sí mismo.

Una caravana de decenas de miles de caras tristes siguieron al servicio fúnebre que llevó a Matthias Sindelar al cementerio. Más de 15.000 cartas llegaron al club de toda la vida, el Austria Viena. Una calle lleva su nombre en la ciudad que lo vio nacer. Pero “paperiene” no estuvo para verlo. Algunos dicen que murió con una sonrisa, tal vez porque sabía que ya se había ganado un lugar en el cielo de los héroes.
                                                                                                     
                                                                                                       Alexander J. Algieri

El último try al Apartheid





Discriminación, separación, violencia, intolerancia; sinónimos implícitos de una realidad histórica que infectó a Sudáfrica pero lastimó al mundo entero: El apartheid.


Cuando lo malo se convierte en bueno, los héroes se transforman en villanos y las irracionalidades erigen como verdades absolutas. Por este motivo, Nelson Mandela estuvo preso durante 27 años, tan solo por la osadía de creer que los hombres son todos iguales, sin importar raza, color ni religión; y por luchar por aquello que se creía justo, dando su vida al servicio de nobles paradigmas que no escondían segundas intenciones.

Los gérmenes de esta vorágine racista, similar en lo inescrupulosa al nazismo de Hitler, formaron parte de la sociedad sudafricana desde que la misma vio la luz. Pero recién en 1948 tomó entidad jurídica cuando, luego de ganar las elecciones, el partido radical nacionalista, con Daniel François Malan como presidente, promulgó una serie de leyes que segregaba a cada individuo de acuerdo a su raza, privilegiando a los blancos por sobre los negros, a los que se les quitaba sus legítimos derechos. Potenciando esta legalizada crueldad, en 1950 se promulgó una ley que restringía el ingreso de individuos de raza negra a ciertos lugares, que pasaron a ser exclusividad de los blancos.

Las leyes establecieron zonas segregadas tales como playas, autobús, hospitales, escuelas y hasta bancos en los parques públicos. Los negros y demás gente de color debían, por otra parte, portar documentos de identidad en todo momento y les era prohibido quedarse en algunas ciudades o incluso entrar en ellas sin debido permiso.

Entre todas estas atrocidades, el deporte también marcó una división racial dentro de la población sudafricana. El rugby era el gran bastión de la política de estratificación del apartheid, a punto tal que no se les permitía a jugadores de raza negra practicarlo profesionalmente ni tampoco en el seleccionado. Era una expresión del nacionalismo renaciente en la población blanca de la nación africana.

Pero en Sudáfrica esta discriminación, social, económica y deportiva, tuvo como consecuencia el aislamiento: En 1960, se decidía que dicho país, de allí en adelante, no participe mas en los Juegos olímpicos, ya que el Apartheid iba en contra de los ideales igualitarios que tanto pregonaba Pierre de Coubertin. Años después, y por pedido de sus integrantes, Sudáfrica era también expulsada de la Commonwealth.

De esta forma, el mundo deportivo boicoteaba a la tiranía del apartheid, repudiando así sus políticas discriminatorias y sus irracionalidades legislativas. En 1977, se produce la Convención internacional contra el apartheid en los deportes, que luego de la aprobación de la Asamblea General de las Naciones Unidas, prohibía a cualquier país medirse deportivamente contra algún combinado sudafricano.

Pero los filósofos urbanos recuerdan que “echa la ley, echa la trampa”. Durante años posteriores al boicot internacional, algunas selecciones iban a Sudáfrica disfrazadas con nombres ficticios, y aunque si bien a las claras no era una visita oficial de algún país, ese artilugio utilizado para competir no era bien visto por el resto del globo, que sentía que así se respaldaban las políticas existentes. Argentina y Nueva Zelanda ( bajo las denominaciones Sudamérica XV y Cavaliers respectivamente) fueron algunos de los que lo implementaron. De hecho, para Argentina la victoria sobre Sudáfrica, por 21 a 12, es uno de los hitos más recordados de la historia. Se entiende que la violación a este boicot tenga relación con la afinidad ideológica, ya que en 1982 en Argentina eran tiempos en los que la democracia era esclava de las demencias de un gobierno de facto.

Pero todo tiene su epílogo, todas las historias concluyen. El 17 de Junio de 1991 el mundo festejó, pero no sólo por el fin del apartheid, sino por el comienzo de un tiempo de hermandad, igualdad y fraternidad. Se liberaba a Nelson Mandela, quien luego sería nombrado presidente por voto universal.

Como premio a la recapacitación, a Sudáfrica se la readmitió en competencias olímpicas en 1992, año en el que disputaron su primer partido de rugby post apartheid, cuando perdieron 27-24 con los All Blacks el 15 de agosto. En 1994, una iniciativa de la Comisión Nacional de Deportes de Sudáfrica, sostenía la idea de reemplazar el logotipo “Springboks”, cargado con un alto simbolismo del apartheid, por una rosa, que ilustraba los tiempos de paz de esos días. Pero Mandela decidió, en un acto audaz, mantener el estandarte springok.

Además, la IRB (International Rugby Board)le adjudico la organización del tercer mundial en junio de 1995, el cual ganaron derrotando a Nueva Zelanda 15-12 en una apretada final. La imagen de Mandela ingresando en el Ellis Park de Johannesburgo con la camiseta numero 6 de su seleccionado y entregándole el trofeo de campeón al capitán blanco Francois Pienaar quedará por siempre en las retinas de los espectadores, que presenciaban el comienzo de un proceso de reconciliación y unificación social entre los habitantes blancos y negros.

El apartheid fue borrado de las leyes, pero su germen aún late en la sociedad y en el rugby. El rugby continua siendo exclusividad de los blancos, ya que en los barrios (o guettos) negros se practica fútbol o críquet, pero nunca el deporte creado por William Ellis. Además, la SARFU (unión sudafricana de rugby) jamás implementó política de integración alguna hacia la raza negra sino que, todo lo contrario, conservaba una ideología separatista. Claro ejemplo de esto fue lo ocurrido en 1997, cuando el por entonces entrenador Springbok, André Markgraaf, tuvo que renunciar luego de que se divulgara un video en el que vomitaba calamidades hacia los negros.

Lo que sí se puede destacar, es el hecho de que haya habido por primera vez en la historia un capitán negro en el seleccionado sudafricano. Fue en diciembre de 2006 cuando los Springboks jugaron contra Resto del mundo, en conmemoración por los 100 años de su primer partido internacional. En esa ocasión, quien tuvo el privilegio de ser capitán fue el Hooker Chiliboy Ralepelle, quien además ostenta el record de ser el más imberbe de los capitanes, con 20 años, 2 meses y 55 días.

Aunque las cadenas opresoras de esta corriente racista se cortaron, el rugby sigue siendo un deporte elitista, que responde a la oligarquía blanca. Los negros, por la prohibición y el rechazo, se encuentran técnica y sentimentalmente a años luz del primer nivel que hoy tiene su seleccionado, y no asoma en el horizonte próximo una nivelación ni una igualdad que permita la integración tanto en el rugby como en la sociedad misma.

En el apartheid, los incoherentes e intolerantes ideales imperaban como cartas magnas al servicio de una porción social girando como satélite del poder. En el apartheid, las manifestaciones democráticas eran tan solo excusas subversivas carentes de razón.



                                                                                                                         Alexander J. Algieri