El cielo se va sometiendo al dibujo que le proponen las luces que despegan del suelo, esas que marcan el final de una fiesta y el principio de otra, más humilde, genuina y sincera. La princesa de la noche, ese sueño de oro donde duermen las ilusiones de todos, pasa gustosa de mano a mano, de beso en beso, de llanto en llanto. De a poco, la noche se vuelve roja y no por que el sol se haya dignado en aparecer (aunque la fiesta daba para largo) sino por los colores de esa furia desatada con olor a virginidad perdida.
Lloran Iniesta, Casillas y compañía. Y cómo no llorar, si son campeones del mundo! Y cómo no sentir emoción, si después de mucho aparece un titán levantando la bandera del fútbol, reivindicando una historia que muchos, a base de tactisismos destructivos y bidones tramposos, intentaron destruir.
Es que eso es España: una reivindicación a la historia del fútbol, en la que se defienden las ideas, en la que no existen los carteles, en la que los flashes se los lleva la pelota, que es la única que corre. En la que el pase es causa y no pérdida de tiempo, en la que la mentira se rinde ante tantas razones. Eso es este campeón: fútbol.
Con muchos nombres propios, pero con una base de juego que no dependió de las esporádicas luces de sus astros. Sin mentiras. La verdad del fútbol empapando cada pedazo de cancha, dejando surcos y bocas abiertas en el paso.
Sus números defienden la idea: 3803 pases dio España en los 7 partidos que jugó, 543 por partido, con una eficacia del 80%...impresiona el dato, despotricando a los que piensan que “si los arcos estuvieran a los costados, España ganaría 10 a 1”
A su vez, realizó a lo largo del mundial 121 tiros al arco (17 por partido), y sus jugadores recorrieron 767km, de los cuales 342 fueron con pelota dominada. Números por doquier. Como su magia, como su fútbol.
Humildad, alegría, convencimiento. Ideales que se transforman en juego dentro del campo, y satisfacción y euforia en los ojos del resto. Porque el corazón de este deporte, con esa magia a veces injusta que vive en su incertidumbre, siempre premia a los que respetan las esencias: del espectáculo y del juego.
Las lágrimas siguen regando ese billar, mientras esos relámpagos eternos van llenando álbumes de recuerdos que laten bien profundos. Mientras, Iker Casillas le ofrenda al cielo el regalo más preciado que recibió en su vida.
Alexander J. Algieri










