Mostrando entradas con la etiqueta Mundial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mundial. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de julio de 2010

Furia de titanes


El cielo se va sometiendo al dibujo que le proponen las luces que despegan del suelo, esas que marcan el final de una fiesta y el principio de otra, más humilde, genuina y sincera. La princesa de la noche, ese sueño de oro donde duermen las ilusiones de todos, pasa gustosa de mano a mano, de beso en beso, de llanto en llanto. De a poco, la noche se vuelve roja y no por que el sol se haya dignado en aparecer (aunque la fiesta daba para largo) sino por los colores de esa furia desatada con olor a virginidad perdida.


Lloran Iniesta, Casillas y compañía. Y cómo no llorar, si son campeones del mundo! Y cómo no sentir emoción, si después de mucho aparece un titán levantando la bandera del fútbol, reivindicando una historia que muchos, a base de tactisismos destructivos y bidones tramposos, intentaron destruir.

Es que eso es España: una reivindicación a la historia del fútbol, en la que se defienden las ideas, en la que no existen los carteles, en la que los flashes se los lleva la pelota, que es la única que corre. En la que el pase es causa y no pérdida de tiempo, en la que la mentira se rinde ante tantas razones. Eso es este campeón: fútbol.

Con muchos nombres propios, pero con una base de juego que no dependió de las esporádicas luces de sus astros. Sin mentiras. La verdad del fútbol empapando cada pedazo de cancha, dejando surcos y bocas abiertas en el paso.

Sus números defienden la idea: 3803 pases dio España en los 7 partidos que jugó, 543 por partido, con una eficacia del 80%...impresiona el dato, despotricando a los que piensan que “si los arcos estuvieran a los costados, España ganaría 10 a 1”

A su vez, realizó a lo largo del mundial 121 tiros al arco (17 por partido), y sus jugadores recorrieron 767km, de los cuales 342 fueron con pelota dominada. Números por doquier. Como su magia, como su fútbol.

Humildad, alegría, convencimiento. Ideales que se transforman en juego dentro del campo, y satisfacción y euforia en los ojos del resto. Porque el corazón de este deporte, con esa magia a veces injusta que vive en su incertidumbre, siempre premia a los que respetan las esencias: del espectáculo y del juego.

Las lágrimas siguen regando ese billar, mientras esos relámpagos eternos van llenando álbumes de recuerdos que laten bien profundos. Mientras, Iker Casillas le ofrenda al cielo el regalo más preciado que recibió en su vida.



Alexander J. Algieri


domingo, 4 de julio de 2010

Alemania: sangre diversa, objetivo idéntico



Escondido en lo más hondo del pasado, el Führer debe estar revolviéndose en alguno de sus infiernos cuando prende la TV para sentirse nacionalista. Propulsor de la muerte justificada y de la locura por decreto, el “benefactor de la sangre pura” parece atónito ante los flashes que dispara la caja mágica.

Cómo entender que hoy, a poco de tanta historia siniestra, el sueño compartido se va pintando con tintas muy diferentes entre sí. En este mundial cargado de dólares y rendimientos pobres, la selección alemana regala un dato muy particular: como si le cerrara la persiana a su historia, esta es la selección menos alemana de las alemanas. ¿Cómo es esto? Sencillo: entre los 23 jugadores convocados brota la diversidad cultural y de orígenes.
Desde que ese muro de ladrillos y locura legitimada comenzó a tapar el cielo del otro lado, en 1961, los inmigrantes que llegaron a Alemania fueron, en su mayoría, de los países de Europa del Este, que llegaban a la Alemania Oriental (comunista) llenos de esperanza y vacíos de dinero. De hecho, estadísticas de la ONU muestran que la presencia de extranjeros en Alemania es un elemento que permite elevar su tasa de natalidad, muy baja contando sólo los autóctonos. Sin embargo, recién en 2005 se promulgó una ley más flexible respecto a la inmigración. Algo de eso se cristalizó en el deporte.

La última selección teutona que se consagró campeona fue la de 1990, con sangre netamente aria. Lejos del "Argentina es un país donde reina el orden. Yo no he visto a ningún preso político", de Berti Vogts, estrella del fútbol alemán, cuando se le preguntó por las denuncias de desaparecidos en nuesto país, a esta selección digna de una publicidad de Benetton.

De los 11 que dejaron a un país sin illusion, dos son polacos (Miroslav Klose y Lucas Podolski), otró entró desde el banco (Piotr Trochowski, también polaco) y tres tienen sangre extranjera: Mesut Özil, alemán hijo de padres turcos, Sami Khedira, hijo de padre tunecino y Jerome Boateng, que es hijo de padre Ghanés.

Además, Mario Gómez, delantero del Bayern Munich, es hijo de padre español, Marko Marin (volante- Werder Bremen) nació en Boznia Herzegovina, Cacau (delantero del Stuttgart) es oriundo de Brasil y Dennis Aogo (defensor del Hamburgo) es hijo de padre nigeriano. Se podría sumar a Kevin Kuranyi, brasileño ídolo del fútbol alemán que se quedó fuera de la lista en el ultimo minuto.

Sobre un total de 23, 10 jugadores son extranjeros o tienen sangre extranjera. De 82 millones de personas que habitan el suelo alemán, 8 millones lo conforman extranjeros. Miserias aparte, el fútbol surge como elemento de integración y aceptación para muchos, que obtienen con goles lo que la sociedad les quita por ser esta algunas veces retrógrada y mezquina. Mientras Alemania avanza, envidia nuestra y de muchos, su nuevo fútbol le empieza a agradecer su parte a la “sangre nueva”, aunque el führer así no lo quiera.







                                             Alexander J. Algieri

Adiós al sueño



Se muerde la boca Maxi. La tristeza le salpica el alma e inunda todos los rincones del estadio, esa puerta a la gloria que hoy le representa un túnel hacia la angustia de tantos otros. Es un desconsuelo Martín, que no puede entender cómo la TV le esté clavando tantos puñales en tan poco tiempo. Mira para cualquier lado Lionel, como si buscara una porción de aire que lo despierte de esta película de terror en el que él es uno de los carteles más grandes.


Se terminó otro sueño. Como siempre, lejos de donde se esperaba llegar. Como nunca, con tanto vacío en el pecho. Como siempre, con la sensación de que este era “el mundial”. Como nunca, con el silencio siendo amo y señor de las avenidas que minutos antes astillaron el cielo con tanto ruido y esperanza.

Es cierto que alcanzar los Cuartos de Final no es poco. Es cierto que no somos Paraguay, y que las calles hoy son velorios y no risas. Es cierto que Uruguay llegó a Semifinal, pero el destino nunca es justo, sólo es destino.

Argentina cayó ante un gran equipo, sin tanta individualidad, pero con más trabajo, convencimiento e ideología. Porque Joachim Low, técnico alemán, forma parte de un proceso largo, que lo tuvo como ayudante de campo en Alemania 2006; porque Maradona asumió, en parte, para que su imagen desviará a la prensa del cabaret al circo, y nunca pudo (o supo) plasmar en la cancha una idea de juego, apostándose el sueño en la ruleta de la magia espasmódica de sus cracks. Sin lograr potenciarlas.

En Argentina no estuvo Messi, una vez más. El genio del Barcelona seguirá siendo el genio del Barcelona, pero la culpa no la tienen sus ganas ni su historia, ni tampoco el camino que intentamos homologarle con el más grande. Será cuestión de entender que no puede absorber tanta presión.

El camino aún es incierto, pero el tropezón da la pauta de que la apuesta del dios que quiso ser rey, por su esencia mundana, puede salir mal. Será tiempo de replanteos, y ojala de reconciliaciones, para no tener otra vez al mejor viendo el mundial por TV.

                                                Alexander J. Algieri

lunes, 28 de junio de 2010

El player del pueblo




Al pibe le alcanzan una media y un campo sin nada para poder imitar sus jugadas una vez más. Es algo de todos los días, pero esta tarde es especial. Gambetea uno a uno los rivales que el cerebro le dibuja en la mente, tan llena de fútbol y hambre, y entonces la clava en ese ángulo interminable, como la tarde en la que el cielo salió en la tapa de todos los diarios.


“Goooooooool de Carlitos Tevez!!! Grita el chico, una vez más, mientras juega a ser su ídolo.

Sonríe Carlitos. Se abraza con todos en ese estadio con tanto olor a infancia, aunque con menos flashes y más (mucha más) pobreza. Levanta los brazos al cielo, como un gladiador romano ofrendando su conquista a los dioses.

Se ofusca Carlitos. Se enoja con todos cuando el cartel del cuarto árbitro marca que se va el 11. Le muestra a su técnico la misma cara que le pone al rival que intenta, ilusamente, sacarle la pelota. Así es Tevez…

Es el estandarte que mejor representa nuestra esencia. Ese poco más de metro setenta donde duermen miles de gambetas y gargantas que muchos regalaron con el tiempo. Tiene lo que le falta a Lionel Messi (y que parece nunca tendrá) para superar la leyenda “Maradona”: que la gente se identifique con él y en él. El crack del Barcelona está lleno de fútbol, pero no tiene esa capacidad icónica como sí la tiene Tevez.

Por esto, no es un lugar común referenciar a Tevez como “el jugador del pueblo”. Porque siempre aparece su fútbol, disparador de asombros y afonías, y da gusto verlo. Porque siempre despliega su entrega, esa que conmueve, y es imposible no sentir ganas de ayudarlo a trabar una pelota contra el mismísimo Hulk, aunque haya certezas de que él igualmente se la lleve. Porque siempre deja caer su sonrisa, esa que en la punta más alta del éxito todavía le pide más gloria, porque todavía tiene más hambre. Porque Tevez siempre tuvo hambre. Porque el plato de cada día se lo ganó con goles, fintas y moretones, en los partidos del tenso silencio de Fuerte Apache, en el que un error lo alejaba del “sanguche” y del estomago lleno de él y sus hermanos. Con esa realidad cruel se formó Carlos; también así se formó Ricardo, médico; Alberto, que es electricista, y todos los que el domingo vaciaron las calles argentinas para ponerse delante de la televisión.

Mientras el mundo sigue girando, el pibe patea la media con lo último que queda de luz, mientras ve a un chico, en la otra punta del paisaje, gritando “Gol de Tevez”, mientras patea su media color negra.



                                                            Alexander J. Algieri

miércoles, 23 de junio de 2010

Al gran Martín sólo le queda un milagro





Pareciera empecinado en hacer que cada adjetivo que se le designe quede corto y vacío ante lo implacable de su vida, ante el viento que llena cada corazón que se infla televisión de por medio. Pareciera contestarle con una larga sonrisa a esa historia que a priori le regala adversidades y escepticismos. Le pone (le puso y le pondrá) siempre la mejor cara a esa catarata de pálidas que el azar y el caprichp le instalaron enfrente, disipándolas, derrotándolas, con ese grito ensordecedor y eterno, tan cargado de energía. Alimento de muchos sentimientos genuinos y espontaneos.


Definitivamente, el mundo cayó rendido ante ese cielo imponente y soleado con el 18 en la espalda. De seguro que la noche fría en la que confirmó su gloria una vez más, de a poco fue recibiendo el calor de las lágrimas contagiadas desde Sudáfrica. Cayéndose en algún bar, en alguna oficina, en algún suelo que sirva de manta para cobijar tanta ilusión.

Es que es imposible no alegrarse en la alegría de Palermo. Es que es imposible no reverenciar a Palermo y su carrera. A Palermo y su ímpetu; ese que lo hace sacrificar y correr cada pelota como si fuera el último movimiento de su existencia; a Palermo y su esperanza, esa que contagia en cada festejo, esa que invade el alma de cada hincha del fútbol, que no puede creer que aún exista resquicio para que él se siga superando; a Palermo y sus tragedias, esos momentos en los que el sol se fue a dormir, dejando que la noche hiciera estragos en cada sueño.

El ocaso de los griegos se rindió ante el titán del Olimpo argentino, que los mandó a casa con esa frialdad asesina presente en todo goleador. El gladiador de las mil suspicacias. El ídolo de las locuras impensadas e imposibles. El mástil de esa bandera azul y amarilla que de a poco se transforma en celeste y blanca. El optimista del gol y el de los pies de mármol.

El genio de los milagros. Uno de ellos, el que nos permite tejer esta ilusión cada vez más real y posible, en esa pesadilla lluviosa que parecía no terminar nunca.

Muchos viven preguntándose si Dios existe. Para algunos no. Para otros sí, y tiene el buzo de técnico de la selección argentina. Otros piensan que los milagros de Palermo son los mensajes divinos que llueven del paraíso, que nos hace creer que todo es posible.

                                                                         Alexander J. Algieri

lunes, 21 de junio de 2010

El recuerdo y Epitacio Pessoa



En esta vida que se vive con ojos cerrados, la sociedad en general se acostumbró a ser simple espectador de la realidad que la invade, sin comprometerse, sin intención de cambio. Como si oyera sin escuchar, mirando sin ver. Por eso, cuando la memoria es endeble, la enfermedad del olvido le baja las defensas y permite las locuras, tan cargadas de aberración y muerte; tan llenas nada. En el mundo que atrapa con consumo a una sociedad pasiva, lo irracional rige por ley y la violencia es condecorada en los museos.


Extensos casos pueden encontrarse si uno bucea por el pasado. Julio Argentino Roca y Domingo Faustino Sarmiento, dos de los más grandes exterminadores de la patria, gracias a su gran aporte “purificador” llamada “la campaña al desierto”, son reconocidos, sin embargo, por su aporte al país. Sus caras figuran en los billetes de mayor valor en circulación.

Pero el olvido no es marca registrada argentina. Una de las calles de la zona más rica y poderosa de Río de Janeiro lleva el nombre de unos de los presidentes más oscuros de Brasil: Epitacio Pessoa. Durante su mandato, entre 1919 y 1921, ocurrió uno de los más fuertes actos de discriminación en el fútbol: en 1921 se disputó el Torneo Sudamericano en Buenos Aires. Pessoa, en una oda a la irracionalidad reglamentada, prohibió, por decreto y prestigio patrio, que la delegación no este conformada por algún integrante de color. La idea era que su tierra “no parezca un país africano”. Brasil, por esta decisión, se quedó sin sus mejores jugadores: Domingos Da Guía, Leónidas y Friedenreich. Jugó tres partidos y perdió dos, dejando una pálida imagen.

Tras el resultado, todo volvió a la normalidad. Los negros y mulatos volvieron a formar de la aceptación social. Pero… ¿Cómo hubieran sido las vidas de Ronaldo, Pelé, Ronaldinho, Adriano, Robinho, Jairzinho, y otros tantos cracks que empaparon de fútbol la historia brasileña?

¿Qué pasaría si dejáramos de permitir las aberraciones de escritorio? ¿Cómo sería nuestra sociedad si detectáramos el pasado antes que sea presente?

                                                                            Alexander J. Algieri


domingo, 20 de junio de 2010

En Somalia, los goles se gritan en silencio




Hay un rincón del mundo, bastante lejos del mundo, en el que la fiesta de todos está al alcance de nadie. De hecho, representa un peligro para todos. Los ojos reciben los mensajes que, a punta de pistola, sólo unos pocos deciden.


El caos político-social que se vive en Somalía, es el control remoto de la pasión más grande, que choca ante un muro de dogmatismo religioso (y violento), sin posibilidades de penetrar de lleno como en el resto del mundo.

Los grupos de fundamentalistas islámicos asesinaron a dos personas tras haberlas encontrado mirando los partidos de fútbol del mundial. Además, detuvieron a varias decenas de ciudadanos en la misma situación. En el partido Argentina-Nigeria, se encarcelaron a 10 jóvenes que miraban el partido, mientras que a otros 14 el destino les regaló la prisión sólo por haber gritado un gol de Alemania en la victoria 4-0 ante Australia.

Tras la caída del dictador Mohamed Siad Barre, en 1991, Somalía se encuentra dividida en cuatro zonas: Somalilandia, en la región norte, que es una ex colonia británica que funciona independientemente, y donde los partidos no están vetados; Puntlandia, zona dominada por el grupo fundamentalista Hizbul-Islam; el centro y parte de Mogadiscio (capital del país), dominados por el gobierno de transición, y el sur, donde rige el Al Shabab, vinculado por la CIA con el grupo Al Qaeda.

“Advertimos a los jóvenes de Somalía: no deben ver esta  Copa del Mundo. Es una pérdida de tiempo y dinero que no beneficia a nadie ni obtendrán recompensa alguna en ver a hombres locos saltando de un lado a otro”, dijo el portavoz del Hizbul-Islam, Mohamed Abdi Aros.

Pero siempre queda, en los escombros de la sociedad, algún resquicio de principios y revolución. “Vimos los partidos en secreto, porque los milicianos no nos permiten hacerlo. Bajamos el volumen y los vemos en silencio, porque podrían ubicarnos por los gritos”. Esto lo dijo Mowlid Abdulkadir Farah, un ciudadano que se las rebusca para reencontrarse con su pasión, ese amor prohibido desde un escritorio lleno granadas y ametralladoras.

Más de 20000 personas murieron en Somalía desde 2007, debido a la guerra interna que se desata día a día. En este mes lleno de fútbol, hermandad y olvido, los únicos gritos que se oyen son los que la muerte expulsa de su garganta. ¿El fútbol? Sólo una fiesta lejos del mundo.



Alexander J. Algieri

martes, 15 de junio de 2010

Aaron Mokoena: el hombre que se casó con la suerte




Las calles de la ciudad de la gran fiesta, se confunden hoy con el polvo que levantan, entre tanto revoloteo, ese grupo de pibes que con una pelota hecha con medias y un campo lleno de añoranzas y privaciones, sueñan con probarse por un rato su gloria. Saben que, en la nada misma, tienen la ventaja de compartir su comienzo y, cuando los tiros y la violencia no interrumpen, sentir los sueños que él tuvo.


Las calles de la ciudad de la gran fiesta muestran su foto en alguna esquina sin dueño, y rebota en el cansancio de algún descalzo, o en la ilusión desnutrida de algún rotoso. Aaron Mokoena es, en la actualidad, el "jugador del pueblo" del fútbol sudafricano. Además, es el emblema de la mayoría negra; humilde, pobre y de historia difícil, como él.

Es que pareciera tener un acuerdo eterno con la fortuna, que le permitió este presente de orgullos y ese camino que fue viboreando a través de las sensaciones límite. Seguro se habrá enojado con su madre cuando, después de ese trueno cargado de muerte que decretó el silencio, lo mandó derecho a su casa. Ese 17 de junio de 1992, Boipatong, su pueblo natal (al sur de Johanesburgo) se tiñó de negro: en una cruel, y cotidiana, batalla intestina, 40 personas murieron asesinadas. “Cuando se propagó el rumor de que todos los hombres jóvenes serían asesinados, mi madre tuvo que protegerme como pudiera y decidió vestime de niña”, contó el volante del Portsmouth inglés en una nota con el diario “The Guardian”. Tenía en ese entonces 12 años, y aunque era muy joven se casó con la vida sin mucho que pensar.

El símbolo del anfitrión de la gran fiesta tiene el record de ser el jugador más joven en debutar en su selección, en 1999. Ya lleva 100 partidos, y hoy el orgullo le brota de la piel al ser el capitán de la selección de Sudáfrica. Pero sobre todo, Mokoena es ejemplo de lucha y reivindicación. Ejemplo del destino.

Hoy el pibe se enoja con su madre por haberle cortado la imaginación y el sueño de ser Mokoena, al menos entre el barro y la pobreza de todos los días, pero con el tiempo entenderá que, a lo mejor, dio un paso para acercarse un poco más a él.



Alexander J. Algieri

sábado, 12 de junio de 2010

La fiesta está lista



El banquete está listo. La fiesta, en marcha. El mundo moderno le rinde tributo a su estandarte de igualdad: el fútbol. Durante un mes, nada pasará en el mundo: la gente no morirá de hambre, los pobres comerán algo más que nada, y los políticos dejarán de vaciar bolsillos e ilusiones a sus pueblos.


La inauguración del mundial Sudáfrica 2010 está, gracias al milagro de la globalización, cerca de todos, lejos de nadie. Es la oportunidad que tiene el continente negro de mostrarse al universo. Con la alegría de un niño, con la sincronización de un acróbata, el despliegue de la ceremonia regaló asombro y entretenimiento por TV.

El país más rico del continente más pobre tiene, según el presidente de FIFA, Joseph Blatter, el orgullo de ser sede del “mundial más caro de todos”. Según la entidad que rige el fútbol, la fiesta costó 6700 millones de dólares (FIFA pagó aportó sólo 1.300). Sin embargo, se estima que el gobierno de Jacob Zuma desembolsó, sumando arreglos en la infraestructura y remodelación de lugares, 20 mil millones de dólares, algo más del 4% del PBI anual. Cifras que dejan los ojos abiertos, si se tiene en cuenta que Sudáfrica tiene, según Unicef, las tasas más altas de mortalidad infantil, desnutrición, hambre, SIDA (el 60% de las muertes en ese país son por el VIH) y violencia.

“Aquí estamos, queridos amigos. El mundial está en África…”, dijo el jefe del fútbol en la gran ceremonia. Los goles, los carteles y los gritos construyen esa pared de olvido y ceguera que oculta, con un velo inteligible, el caos de una sociedad que grita sin voz. La fiesta de todos tapará una realidad dura y lejana en post de cortejar a sus comensales, victimas que ignoran serlo. Porque la pelota siempre parará de rodar…



Alexander J. Algieri

Primer paso: recuerdos

Un águila verde se posa desafiante ante la primera puerta, ese punto de partida hacia el palacio del sueño máximo. Es un escollo, pero también un recuerdo. Un fantasma. Los flashbags y las sensaciones se reviven con ese olor a césped mojado.


Por ahí pasa Irene María, esa enfermera disfrazada de Poncio Pilatos, que entregó a la ciencia, y a los jueces del poder, al dios en la tierra, para que le corten las piernas, y la garganta, ante miles de millones que se inundaron de tristeza frente a la caja boba. La herida revive. También se siente ese encuentro de ocho años atrás, ese espejismo que nos hizo caer más profundamente en la trampa del fracaso, cuando los días se vivían al revés.

Muchas connotaciones se encuentran ante Nigeria. Históricas, aunque algunas más presentes que otras. Hasta el DT del conjunto africano, Lars Lagerback, es otro recuerdo amargo: dirigió a Suecia en el Mundial 2002, esa estaca que se clavo en lo más profundo del orgullo. En el mundial asiático, la victoria también había sido 1-0 y, como si el diablo se relamiera al poner la mesa, la expectativa también era máxima.

También el contexto nos revive la historia. La sede el partido, Ellis Park, fue la sede del perdón de Mandela a un pueblo, cuando en 1995, en la final del mundial de rugby, el Apartheid empezaba a tener punto final.

La esperanza y la ansiedad se entrelazan y confunden. Con el 10 del mundo en el banco, con el 10 del presente-futuro en el asombro de un mundo entero, pero con el 10 más genuino mirando la escena por TV, desde su casa.

La alegría se hizo carne con el triunfo, más allá de las dudas y del juego. El primer paso está dado, pero aún faltan otras puertas.



Alexander J. Algieri




jueves, 27 de mayo de 2010

Robert Enke: el guardián caído



Como el pibe que se sacaba el frío imaginando ser una de esas voladas que asustaban al viento, Robert Enke tenía un sueño. Lleno de fútbol, lleno de ilusión. Pero como todo sueño, el camino es una incógnita plagada de presiones, angustias y agobios. A veces el sueño se apaga. Se derrumba en la cabeza y en el alma. Se apaga en el corazón. Se apaga en el cielo nublado de los que se divorciaron de la esperanza. Se apaga de golpe, mientras pasa el tren de la vida.


La vida lo recibió el 24 de agosto de 1977, en Jena, perteneciente a la entonces República Democrática Alemana. La muerte, en forma de tren, le guiñó el ojo, para que él los cierre por siempre, en noviembre de 2009. Pero ella lo venía estudiando desde hace ya largos años.

Las constantes depresiones por su miedo al fracaso (único recuerdo que se llevó de sus pasos por Barcelona F.C y Fenerbahce) recibieron el peor combustible: en 2006 sufrió la muerte de su hija Lara, de tan solo dos años, a causa de un fallo cardíaco, producido por el síndrome del corazón hipoplástico. A partir de ahí, el abismo le pinto el cielo de tristeza y desazón, y el camino se le hizo cuesta arriba. Pese a todo, con el tiempo tomó la decisión, junto a su esposa Teresa, de adoptar a Leila. Para ocupar el lugar vacío, y para no dejar morir el amor de padre.

Con el espíritu sumergido en causas a favor de los derechos del animal (fue cara de una campaña de la PETA), el tiempo fue una lucha constante contra sus propios demonios. Cada vez más fuertes, cada vez menos disimulables. Cada vez más infierno.

A los 32 años, en el futuro cercano se le divisaba el reconocimiento que tanto luchó por conseguir: titular en el arco de la selección alemana, era fija en el Mundial de Sudáfrica. Había debutado el 28 de marzo de 2007, en Duisburgo, ante Dinamarca, con derrota 1-0. Pero el retiro de Oliver Kahn y Jens Lehmann le abrió un camino inesperado. A partir de allí, con actuaciones en el Hannover, su equipo, se fue ganando la confianza de Joachim Low, técnico teutón.

Pero amanecía noviembre de 2009, y Robert Enke ya no tenía más fuerzas para vencer a su cabeza. Con el sol del comienzo, se apagó la angustia de sentir que no pudo superar sus miedos, que no pudo superarse a sí mismo. El 10 de ese mes, creyó que la vida era solo cal, y entonces decidió arrojarse a las vías del tren de la localidad de Neustadt am Rübenberge, sintiendo esa la única forma de apagar el motor.

Dicen que se despidió con una carta, en la que pedía perdón. Dicen que recibió el último aire con una sonrisa. Dicen que todavía el viento se sigue asustando con sus voladas, en las noches en las que el miedo pareciera ni rozarlo.



Alexander J. Algieri