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miércoles, 15 de febrero de 2012

Luquitas Sparapani...un crack






En el pueblo, la hora de la siesta es igual de importante que la vida en democracia. Como el vuelo en libre de una hoja que, sabiendo que cae, le regala sus últimas caricias al viento. Es un instante, siempre breve, de pura comunión con uno mismo. Puede que junto con “ir al baño”, la siesta sea el contexto en el que más se desnuda nuestra subjetividad, frágil y cristalina, como el espejo que refleja lo real mientras se busca lo imposible.


Durante esas horas, el pueblo se pone en pausa. La paz, que es hija y reina de las calles, se complota con el silencio para lograr que desde cada cama se escuchen los ecos de paredes y rabonas que alguna vez iluminaron con asombro el aire de la plaza principal; o para revivir el olor de algún potrero con infancias de zapatos rotos y panza a medio llenar, siempre con la ilusión de que el fútbol gambetee las patadas del estómago, siempre más dolorosos y crueles que las peores patadas.

Darío ya había avisado: “no quiero que nadie me rompa las bolas. Yo a la tarde me quedo mirando la final de la Champions. Ustedes hagan lo que se les cante el orto”. Siempre con su habitual y protocolar contundencia. De la banda, era tal vez el más enfermo del fútbol, y eso era todo un decir. Fútbol en todo momento. No había alguno que no supiera quién fue el 8 de Almagro en el último ascenso, por decir algo. Luquitas Sparapani, qué crack. Ese día, se jugaba un Milán-Bayern Munich…partidazo.

La tarde se iba poniendo cada vez más amigable, y los ingleses iban siendo gambeteados como postales a punto de quedar en la historia, quietos y sumisos ante el protagonista de lujo, hasta que la cancha se transforma en dragón, quemando la pelota y haciendo que el árbitro suspenda el partido. Puta madre, esta vez casi la meto! Dice mientras mira al ventilador girar y girar intentando zafar de su destino monótono y circular. La angustia tenía lógica: de las mil veces que sonó lograr esa proeza, jamás tuvo éxito. Este argumento siempre le sirvió para sepultar cualquier osada comparación se establezca entre el Diego y algún gambeteador de moda, de alma foránea y billetera abultada, de potreros en HD. “Nadie puede igualar a Maradona. Es único e irrepetible hasta en los mismos sueños, donde todo es posible. Fui Obama, y evité más sangre en Irák; fui San Martín, y le avisé a Moreno que lo iban a cagar; fui Kirchner e hice todo igual, pero nunca pude ser ni un cuarto de Maradona. Por eso fue tan único. Tuvo una magia que excede las fronteras de la imaginación”.

Mientras se acomodaba en la cama, los ruidos de las bocinas se expandían y se hacían cada vez más constantes. Desde su lugar de confort, intentaba orientarse y escuchar al viento traerle esa canción a capella, para saber qué pasaba. Cuando finalmente se despabiló, una bola de nervios empezó a subirle por el estomago hasta llegar a dificultarle la respiración: “me quedé dormido, carajo”. Lo peor estaba ocurriendo. Empezó de pronto a sentir cómo una parte del pecho se le ahogaba rápidamente en un río de adrenalina cuando decidió prender la tv, que había dejado en el canal indicado para ahorrarse el stress de luchar contra el pésimo funcionamiento del control remoto. Estaba Jorge Corona en Mardel contando el mismo chiste que hace 20 años -mi viejo, 5 años antes, me había dicho la misma frase. Qué mal que me hace que los que tienen espacios de poder no los usen responsablemente-.

Faltaban dos horas para el partido, y las bocinas que al principio se colaban tímidas en la intimidad de su alcoba, se fueron transformando en un carnaval de gritos y euforia. El ventanal era una invitación a la curiosidad. No sabía qué habría detrás de las cortinas. Qué mundo descubriría, ni quiénes estarían en él. Cuando finalmente derrumba el muro, se encuentra con todo el pueblo en la plaza, festejando el casorio de la prima del “Vago”, integrante de la banda que se ganó su apodo por ser workaholic. “Bajo un ratito y vuelvo para el partido… Después de todo, es la prima del Vago”.

Estaba todo el pueblo, o casi todo. Empandas, vino, baile, mujeres. Una tarde dionisíaca. Mientras buscaba una cara familiar, y miraba cada tanto al reloj para que se no le haga tarde, se sorprendió a sí mismo bailando con una empanada en una mano y un vaso de vino (el cuarto) en la otra. Un mar de gente se dibujaba a lo largo del asfalto y la música estaba ideal para que los muertos revivan y se pongan a bailar. Mientras extraños y conocidos se confundían, las piernas se hipnotizaban entre vino y milonga, y el tiempo empezaba a dejar de existir. Por momentos era consciente de lo que pasaba, pero en otros sólo se perdía entre pulsiones inciertas.

Transcurridos algunos momentos, con la barriga ya callada, la fiesta empezó a decrecer como una bolsa europea, cuando en uno de los rincones de la noche la vio sola. Muy decidido, gracias al vino que hace lo que la espinaca a Popeye, se acercó a hablarle, incrédulo y carente de expectativas, como un hombre que, con la nuca mirando al paredón, baja la vista para esquivar los ojos de la muerte, implacable.

–Qué pasa que una chica como vos está sola y con esa cara?, se animó a preguntarle.

–Nada, estoy triste porque perdió el Milán, había apostado con mis amigas varias docenas de facturas, vos viste el partido? (Consulta ella)

– No me gusta mucho el fútbol! (Contesta sorprendido)

– Ah, puedo lidiar con eso. Mirá! Ahí está Hrabina, me acompañas que me quiero sacar una foto con él?

– Dale, vamos…

miércoles, 26 de mayo de 2010

Ayer fue navidad






Las pasiones son tan personales, que cada explicación que se dé, por más ilógica e infantil que parezcan a veces, siempre encuentra un abrigo en la subjetividad de cada corazón para convertirla en válida, seria, y filosófica.


Una vez me encontré con un personaje que me dejó como enseñanza que por más básico que se lo crea, siempre el fútbol es la exteriorización de un sentimiento genuino, que nace en el alma y muere en la garganta, en la tribuna de una cancha vacía, y en el espejo donde el fútbol sea la única parte del alma que se deje reflejar.

“El sentimiento hacia el fútbol es como el de un hombre al amor: no tiene razón, es ílogico. Como una mina, tu equipo te puede decepcionar mil veces, pero siempre pensás que algún día eso va a dejar de pasar”, me dijo el “Rafa”, el tipo más viejo de los viejos que jugaban a las bochas en la plaza frente a mi casa. Los amigos lo cargaban diciéndole que era más viejo que los árboles, pero el silencio, más antiguo pero no más sabio que él, parecía perpetuo cada vez que se despachaba con una historia, como rindiéndose para formar parte de esa charla.
Nunca voy a olvidar esa vuelta en la que se me puso a hablar mano a mano. El día anterior, domingo, Boca había perdido un clásico increíble, y yo, obviamente, tuve que soportar las cargadas de toda la barrita. Pero el viejo rafa me dijo algo que entendí recién cuando él se fue: “los clásicos son como la navidad, a veces te dan lo que no querés ya veces sí. Lo lindo es que no lo podés adivinar”. Simple y mágico a la vez, el comentario fue un derechazo de Riquelme al ángulo, ese que no pudo meter el día anterior.

La verdad que una de las cosas que más extraño de mi infancia es al viejo rafa. Fue el que mejor pudo encender en mí la locura del fútbol. Con sus historias, con lo que sabía, con vernos jugar. Igual, sé que no estoy solo. Cada vez que juega Boca-River, intentó emular a Papa Noel poniéndome el gorrito rojo. Mi hijo a veces piensa que es por cábala, otras simplemente porque tiene un padre pelotudo, pero yo siento la presencia de rafa latiéndome en los oídos ante cada suspiro que la tribuna me regala como eco, ante cada mirada de atención, ante cada reacción genuina de la gente. Por mi pibe por ahora no me preocupo, algún día va a entender cuándo es navidad.



                                                                                                     Alexander J. Algieri

sábado, 22 de mayo de 2010

Los sueños no terminan nunca




Hace casi un lustro ya que Rubén le puso pausa al tiempo. Revelándose ante lo natural de la vida, desde aquel día inolvidable, en el que sintió de verdad que el alma se le desmoronaba, hizo un pacto eterno con el dios del tiempo, dándole la posibilidad de poder deshacerse de la angustia sin sufrirla en cada amanecer que lo tenía de testigo.


Cuentan que desde aquel día, hace casi un lustro, su vida pareciera ser la misma todos los días, como si fuera el primer capítulo de una serie de TV repitiéndose en todos los horarios. La mañana lo recibía en silencio, entre ausencias y vacíos insoportables, para luego padecer el día en la misma mesa del mismo bar, el de Pedro, ese viejo bodegón de Boedo donde el café y cigarro negro eran condición necesaria para habitar una mesa, ese lugar donde se dio cuenta de que el fracaso es una estación a la que todos llegan. Cuentan los mozos del lugar que Rubén se pasa el día inventándole conversaciones al viento, y anotando frases sin sentido en algún retazo de papel que el olvido haya dejado expuesto a este poeta.

Dicen los pocos que se han animado a hablarle, que Rubén se define como un hombre de religión: alguien que vive de la fe y por la fe, con respuestas ambiguas, exponiendo su postura, mostrando su corazón, esperando así poder un día despertarse rodeado del sueño que siempre dibuja antes de dormir en su cama sin colchón.

Los habitués del lugar, esos que tienen orejas en las cuatro paredes, me contaron una vez que Rubén es hijo de un padre millonario y fallecido, y que pasa la vida esperando cobrar la herencia que sea la puerta hacia una vida diferente. Otros me sugirieron tener cuidado, porque dicen que es un loco asesino que se escapó del Borda y se cambió el nombre para poder vivir en una limitada paz.

Pero yo opinó distinto. Rubén es un tipo viejo y seguro, seguro de que la fe es el camino más puro, cuyo final no tiene garantizado el éxito, pero sí la tranquilidad de la ética. La única vez que le hablé, me dijo sin vueltas: “pibe, es ahora, ya no vamos a tener que esperar más…fumá tranquilo y charlemos de la vida, yo tengo la posta”. Agarré mis Marlboro y me pedí un café. Rubén ya me había comprado, aunque el dato se lo haya contado el viento…



Alexander J. Algieri

martes, 11 de mayo de 2010

Mi último día: "el guiño de mi gloria"





Siempre imaginé cómo sería mi muerte. En qué momento, circunstancia y contexto histórico, el maestro del tiempo me llevaría hacía el otro mundo (si es que en realidad hay uno solo, yo creo que no, pero bueno, no quiero confundir a nadie con mis creencias, por eso pongo lo que cree la mayoría). Es común en el ser humano tener percepciones erróneas sobre su futuro, a las que absorbe como verdad absoluta.


Esas elucubraciones se me hacían cada vez mas frecuentes. Igualmente, es algo típico en una persona de mi edad, en la que la vida ya nos dobló en la orquilla y va con toda velocidad hacia la recta final. Eso a veces me desesperaba, y otras sólo me resultaba curioso. Sé que es un proceso natural e inevitable.Pero, si hay algo que me molesta mucho de todo esto, es el momento del funeral. No entiendo porqué llora la gente, si es algo que a la larga o a la corta termina pasando. Ccomo dice mi tío Enrique: “de los cuernos y de la muerte no se salva nadie, nene”.

Pero el pensarlo me desesperaba. Me fabriqué en la cabeza todas las formas de muertes posibles: ahogado en una pileta, tirado del balcón de mi casa, atropellado por un colectivo, estrellado de un avión, hasta de intoxicación en un restaurant. Aunque jamás imaginé que iba a ser así, como termino resultando.

Era tanto el desconcierto que me invadía que hasta se me ocurrió que lo mejor era hablarlo con los muchachos, en el café, después del fulbito de los sábados. Es increíble como funciona esto, pero ¿te diste cuenta de que siempre que uno cuenta algo que cree exclusivo de su existencia, termina enterándose de que no es el único, que hay mucha más gente que en el anonimato comparte esa creencia? Lo contás, y es como si una hoya se destapase.

Lo que me pasó, igualmente, para mí que quedará en la historia. “Murió jugando al fútbol”, así lo titularía Clarín. Sí, es de esa forma: morí jugando a la pelota, haciendo lo que más amo ¿quién lo diría?

Lo cierto es que un sábado, de esos que pasaba con los muchachos en el torneo de fútbol, jugábamos la final, partido decisivo. Crucial. Aparte había pica con los del otro equipo. Esos eran unos fanfarrones bárbaros, y jugaban todos como el culo, pero tenían un nueve que te hacía goles desde el baño. Para que te des una idea, todos los tantos de ese equipo los había marcado el mismo tipo. Con los muchachos, que de muchachos habían perdido todo ya (éramos bastante jovatones), habíamos jurado jugarlo con el alma. Dejar todo, para cerrarle la boca a esos giles. Y así fue. Yo lo jugué hasta el final.

El partido lo empecé bien, regulando, pero en el primer pique, a los 15 minutos (el partido eran dos tiempos de 40) me asusté, porque me agoté más de lo previsto. Pero no me importó, yo iba a dejar todo. Había que ganar.

Pero a medida que pasaban los minutos iba sintiendo que algo andaba mal. Nunca fui un tipo que haya tenido problemas de salud, era una persona sana: comía bien, no tomaba, no fumaba (bah, sí, pero sólo después de comer), y café tomaba solamente los sábados, en el barcito. Aunque esa puntada que sentí me transformó, me traumó, me activó las alarmas. Presagio funesto!, dije. Por dentro buscaba armar una tregua con mi organismo, como pidiéndole que me ayudara a terminar esta tarea que no podía postergar.

Aunque finalmente ocurrió lo inesperado: faltaban 20 minutos para que terminara el partido. Empatábamos 2 a 2, así que el alargue parecía un camino ingambeteable. La redonda quedó picando en el área, sola. Sentí que me miraba, que pedía que me acerque para canjear por gloria esa foto cargada de adrenalina. Estaba a un paso, cerca. Ahí nomás. Pero mi corazón, egoísta, dijo basta sin consultarlo. Con la pierna estirada, apuntando hacía la victoria, todo se frenó. Caí duro. Sin respuesta. Por cierto, la pelota, que intuyó al instante lo que pasó, se quedó quieta. A mi lado.

La cancha se oscureció entre un silencio cargado de tristeza. Siempre dicen que cuando la muerte te abraza y te está por llevar, hay un instante, que dura segundos, en el que tu paso por la vida se transforma en un videoclip que despega ante tus ojos. En ese momento lloré por dentro. Veía todo lo que había hecho y quería volver para remediar muchos momentos, muchos errores, muchas cosas que querría volver a atrás. Pero sentía como si estuviera escalando una montaña infinita. Veía a mi vieja, y rogaba por tener la oportunidad de pedirle perdón por mezquinarle esos abrazos que ya no iba a poder tener. Aparecía mi hermano, y pensaba en todo el tiempo que perdí peleándome con él, sin poder conocerlo, sin poder ser su hermano. Por ahí pasaba mi viejo, con una sonrisa. Es que era alguien con quien me iba a encontrar. Si moría, lo único que me consolaría sería el hecho de que podía volver a estar con él. ¡Las cosas que tengo para contarle! Siempre intenté hacerlo sentir orgulloso de mí, pero pienso que él nunca estuvo conforme conmigo, que pedía más donde no había más, y eso siempre me frustró. En una esquina desfilaba la madre de mis hijos, entonces le dije que cambiaría todo el pasado para volver a estar con ella. No me escuchó.

De repente, abrí los ojos. Busqué, examiné el lugar y finalmente me di cuenta de que estaba en casa. Un sonido insistente taladraba mis oídos y mi orientación, y me hizo dar un salto que me catapultó hacia la cama, mi cama, la mía. Con las orejas alerta y los ojos abiertos, comencé a buscar el origen de esa melodía tenebrosa e irritante. Era el teléfono. Lo dejé sonar. Tengo que reconocer que no sabía, no entendía que pasaba, qué hacía ahí, acá, en casa, en mí casa. Miré el reloj, que marcaba las 10 AM. Giré la cabeza hacia la puerta y miré el almanaque que estaba debajo de la televisión. Era sábado, sábado 15 de Febrero. Una alarma comenzó a sonar fuerte, con una rebeldía inesperada. Era el teléfono, otra vez. Esta vez atendí, pero no porque quisiera, sino porque ya no soportaba el sonido penetrante de ese aparato, que se hacía como una aguja que se me clavaba en lo más profundo. Era uno de los muchachos, que me recordaba que hoy a la tarde era la final del torneo de fútbol. Era el destino, que sabiendo mi número, me llamaba para barajar mi existencia. Dije que no, que no podía, que por más que me duela, aún tenía muchas cosas que hacer. Entonces me di cuenta de que por más que sepamos el final, nosotros decidimos cómo querer llegar ahí.

                                                                                                         Alexander J. Algieri

Abrazos y nostalgias






Su boca descorchaba festejos de antaño. Algunos en blanco y negro, otros, simplemente pintados por los colores del olvido. Pero a Juan no le importaba, era feliz igual. Con el alma erosionada por la temerosa mediocridad que lo rodeaba, Juan buscaba en el pasado la forma de alegrar y aliviar su presente. Su cuerpo agobiado, como si su espíritu pidiera clemencia. Deambulaba por las calles mendigando recuerdos, pidiendo prestadas sensaciones pasadas que el presente no le proporcionaba.


No le importaba el lugar, ni el día, ni la circunstancia. Tampoco se preocupaba por su alrededor. Podía estar solo o acompañado. Para él todo daba igual. una parada de colectivo, un baño o la soledad de su cuarto. Juan gritaba goles de antes, y eso lo aliviaba, lo hacía olvidar la triste austeridad del deporte que tanto ama, pero que hoy le lastima el alma y los ojos y el corazón.

Hoy no se juega bien al fútbol, ni mucho menos se juega a la pelota. Los jugadores le temen al error y se nublan en los miedos del resultadismo, olvidándose de la belleza que hay en un buen pase, de lo maravilloso de una definición al ángulo, o de la amistad reflejada en un abrazo de gol. Grito los goles de antes porque antes disfrutaba en una cancha, antes sentía. En los segundos que dura mi canto, siento que la felicidad me abraza, me consuela, y me hace olvidar de todo.

Así definía este romántico su filosofía de vida. Siempre luchando contra la ignorancia de sus amistades, que lejos de comprender sus sentires lo miraban con soberbio desprecio, erigiéndolo como el hazme reír de las reuniones.

En este inusual vuelo hacia los sentimientos olvidados, este personaje de alma cansada y esperanza infinita encuentra en un gran gol suspiros precoces que lo acercan, por un instante, a esa sensación única que es la felicidad: El segundo gol de Maradona a los ingleses, en el Mundial 86, es como un himno a la alegría, lo grito con el alma. En esa jugada siento el asombro de cuando el diego recibe el pase, la adrenalina de verlo encarar, el suspenso cuando gambetea al arquero, el corazón galopando cuando lo imagino pateando, y la felicidad descorchada cuando el balón se rinde en la alegría de tocar la red.

Juan dejó la reunión con el sabor del desahogo, pero con la tristeza de sentirse raro e incomprendido, la amargura que le provocó el no poder encontrar en sus amigos a alguien con quien tirar una pared ideológica. Triste y solo, comenzó a caminar las calles con la cabeza gacha, como buscando cómplices en el asfalto y respuestas en las baldosas. Empezó a preguntarse si su alma, su espíritu y su esencia pertenecían a otra época; o si tal vez estaba preso de un romántico dogmatismo dictado por su corazón, que en su afán de luchar por el pasado, no le permitía darse cuenta de que los tiempos cambian, incluso en (y para) el fútbol.

Pero de repente, por casualidad divina, mientras masticaba añoranzas en una despoblada calle escucha un sonido que hace interrumpir su inerte marcha: ¡gooooooool!, ¡gooooooool!, vamos Bochini, carajo”. Esa bocanada de extravagancia lo llenó de perplejidad y curiosidad. Las ganas de preguntar le anularon, por ese único suspiro, su habitual timidez.

Rastreando con los oídos el origen de ese sonido, Juan divisa en una parada de colectivo a un hombre que, con envidiable sonrisa, depositaba su garganta en el rincón más alto del cielo, en una expresión de libertad pura en la que demostraba su esencia.

Las ganas de acercarse dominaron su proceder. Cada paso que daba era dominado por un cóctel de intriga y nervios, pero no iba a arrepentirse, ya se había cargado de suficiente coraje. Al llegar a la parada de colectivo, Juan observa una figura que, sin saber la razón, sentía familiar. La baraja de incertidumbres frente a la que se vio, le hizo murmurar un pudoroso y tartamudo ¿Por qué?. Su interlocutor lo miró a los ojos durante unos instantes y sonrió. La pregunta era clara. No eran necesarias explicaciones ad-hoc para distinguir la arista correcta de esa extensiva pregunta. – ¿hay, en el fútbol actual, goles tan lindos como los del pasado?. ¡No, viejo! (contestándose a sí mismo), hoy se juega horrible. Yo grito los goles de antes porque me hace bien... como a vos.

Juan se dio cuenta, en ese momento, de qué era aquello que sentía familiar en ese desconocido personaje. Ahí entendió que no fue el azar lo que los unió en ese momento inusual, sino la voluntad de sus futboleros espíritus. También comprendió que las sensaciones se explican con el cuerpo y no desde la oralidad, y que se pueden trasmitir de la forma menos pensada.

En ese momento, el silencio de la despoblada calle, decorada de ausencias, y la luz tenue de esa fría tarde conformaron la escena que adornó el abrazo feliz que, de la nada, unió a estos dos futboleros. El abrazo de amistad que se da cuando se festeja un gol, aunque sea de antes.

                                                                         Alexander J. Algieri

El hincha

                                            


"El tipo puede cambiar de todo de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios pero Hay Una Cosa que No Puede Cambiar... No Puede Cambiar de Pasión ".. (El secreto de sus ojos...)









El hincha es así. Peregrino fiel de una religión histérica, que deja su espíritu a merced del Herodes que cuelga de su pared. Su ánimo, sus ganas y sus iras, se contorsionan por el amor que está dibujado y escrito en su piel.

El hincha es así. Se rinde ante sus colores, los defiende como si se jugara el orgullo, los entiende inmanentes a su alma.

El hincha es así. A veces preso de la simpleza con la que intenta justificar su locura, como aclarándola en pos del amor que su garganta transmite. Es que el hincha traslada las miserias de una renegada y sufrida existencia en una cancha de fútbol, el lugar de pertenencia donde la relevancia la percibe abundante.

El hincha es así. Se cree anfitrión de una fiesta a la que no fue invitado. Dueño de una verdad irrefutable que se le perdió en el camino. Acreedor de un poder que lo lastima, lo margina y lo relega. Aunque crea ser el dueño del circo, nunca entiende que su lugar es el de aquel tipo que está en la puerta y que te pide plata para comprarse la entrada, porque la que tiene no le alcanza.

El hincha es así. Festeja la muerte ajena, se la adjudica, sin darse cuenta de que la muerte del otro lo mata también a él.

El hincha es así. Esa mezcla explosiva entre el adolescente ingenuo e idealista con el salvaje y caníbal asesino mono neuronal.

El hincha es así. Es una simbiosis. Una convergencia. Una moneda que puede caer para cualquier lado. Una pasión extraña, inexplicable y única. Una razón que camina con los ojos cerrados.

                                                                                                                       Alexander J. Algieri

El jugador eterno







-¡Andáaaaa! A mí me vas a venir a hablar de fulbo?. Pero atendeme pibe, yo hasta hace pocos años jugaba en la primera de River, nene. Sí, en serio, no te miento. Y no sabés lo bien que jugaba eh! Ja!. Era un 10, pero no esta mentira del enganche. Te estoy hablando de esos 10 clásicos, como Babington. ¡Qué pegada que tenía! Dios mío. Era zurdo y exquisito. Igual, no sé por qué te hablo en pasado, por la verdad es que yo no me retiré todavía, te digo más, en cualquier momento agarro de nuevo. Paré porque me jodí la rodilla, los ligamentos viste. Pero ya me falta poquito para juntar la plata y poder operarme. Vos pensá que hasta hace pocos años, no había la tecnología que hay ahora. Te rompías, y andá a cantarle a Gardel. ¿El Club?, ¿pero qué pueden hacer del club? Me hicieron una reunión, y me dijeron que me agradecían todo lo que le dí a la institución, pero que era mejor que me vaya por la puerta grande. Estuvieron bien. Me dijeron que las puertas del club van a estar siempre abiertas. Esto fue hace un tiempo. Todavía no me llamaron, no sé que habrá pasado. Es raro, porque yo el número de casa no lo cambié.

Pero quedate tranquilo que yo ya vuelvo. Sí, ya sé!, tengo canas, pero que importa el pelo. La cabeza sólo sirve para cubrir las ideas, nada más. Aparte fijate que hoy tanto pelotudo con cada peinado raro...

Voy a volver!, te juego lo que quieras. Te cuento algo. La otra vez me encontré con un ex compañero, que ahora es DT de Ferro y le avisé que yo casi estaba para volver, para que me pruebe viste, así vuelvo de a poco, en un equipo chico, tranquilo, sin presión. Me dijo que me iba a venir a visitar a casa para contarme. Pero me aclaró que estaba dificil, porque no le gustaba mi “peligrosa relación con el alcohol”. Así me dijo, ¿vos podés creer? Como si nadie se tomara una botellita de Ocho hermanos por día. Pero dejaaaaaaaaaame, mirá, la cosa es fácil: Primero desayunás, y te tomás un vasito, porque con el tornillo que hace hay que cuidar la gola, viste. Al mediodía comés, y ¿que vas a tomar?, ¿agua?, naaaaaaaaaaaa!. Y después el resto entre alguna cena y el café con los muchachos. No te das ni cuenta y ya se te piantó una botellita.

Pero en cualquier momento me llaman eh!, quedate tranquilo. Por el momento, hasta que retome, cambié el vestuario por la coqueteada de la city porteña. Mira con el orgullo que te lo digo: City porteña, jeje. Converso con aquellos que deciden el destino de nuestro país, les charlo, me cuentan intimidades. No es joda viste.

Uy, sí, perdón maestro! Me colgué hablándole de mis cosas. Sí, cuatro pesos le cobro, ¿se los lustro?.

                                                           Alexander J. Algieri